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lunes, 25 de febrero de 2013

¿ESCASEAN LAS DULCINEAS O EN LA PUTA VIDA EXISTIERON?

La mujer moderna no se estremece ante la presencia de Romeos, Quijotes ni Sabinas. Cientos de miles inundaron de lagrimas las salas de cine con la gélida muerte de Jack en titanic, y ninguna se saca ni el reloj para que le dibujen la mano. Cuantos millones recauda de nuestras chicas el querido Joaquin, y en cada recital las agudas voces explotan en jubilo ante la escena del bar en el pueblo con mar, coreando a viva voz, llevando las manos al pecho en una marea borracha de ranchera. Pero con la hipócrita certeza de que serian las primeras en llamar a la cana, cuando Sabina, borracho y desesperado, apedrea el banco Hispanoamericano. La amiga Florencia Bonelli lo sabe. Con el ojo que mira el centro de la tierra, les sacó la ficha, muchachada, y les dio eso que les falta, en formato de bolsillo a 69 pesos en su librería amiga. He ahí el éxito de la comedia romántica. La posibilidad de colarse un menú cordobés en el cine y disfrutar de una buena historia de amor, de lunes a miércoles 2x1.

martes, 31 de agosto de 2010

EXTRAVÍOS

II

En principio, voy a pedirte disculpas por la demora, y a modo de excusa quiero contarte que me fue muy difícil encontrar un momento de serenidad para poder detenerme y escribir estas líneas, puesto que desde que me vi obligado a emprender este viaje, el ruido y los avatares propios de los grandes “cambios”, por llamarlo de alguna manera, me hicieron un poco tortuoso este periodo de vida.

De pronto, me encontré dejando el anden, y con él tantas cosas preciadas que la angustia del destierro y el desarraigo llenaron mi amplia cavidad toráxica, que por su ya mencionada extensión, pudo alojar también gran cantidad de sustancia pesarosa, teoría firmemente abalada por la física quántica desde tiempos remotos.

Como es inevitable, busque caras familiares por la ventanilla, o tal vez solo una, que con un gesto me dijera hasta pronto. Pero la estación esa noche se encontraba tan vacía y fría que ni el fantasmagórico boletero cumplio la formalidad de desearme un “buen viaje”.

Para no perder las esperanzas, o quizá la costumbre, corrí en sentido opuesto a la marcha de la locomotora. Primero, atravesando a la señora rubia, que en silencio y sin mirarme coloco su equipaje en mi camino. Sorteando valijas elegantes y bien etiquetadas un grupo de muchachos, primero tres sobre la izquierda, luego dos universitarias con sus mochilas justo por detrás de los anteriores, que viajaban con muchos mas, diez o quince, a los que uno a uno fui pidiendo permiso arrebatadamente. Eran oídos sordos, aturdidos por los gritos y el murmullo general, pero particularmente de las muchachas del fondo que parecía que su charla no tuviera fin, con sus tonos petulantes y esos timbres irritantes, atormentaban el humor de mis interlocutores y el mío propio. Al abrirme camino, me precipitaba sobre esta gente y casi descortésmente vociferaba “disculpas” y “permisos” que a veces respondían con buenos gestos y hasta alientos, como si conocieran o entendieran el motivo de mi carrera hacia el final del vagón, pero al mismo tiempo enangostando el pasillo de mil maneras. Tal vez hayas estado en alguna parte de esa larga y desteñida línea amarilla, pero había muchos que obstaculizaban la visión por las ventanillas pocas ventanillas que permanecían abiertas.

Debo confesar que al llegar al fondo del tren, vi alejarse el anden y con el ésta y algunas otras costumbres. No así mis esperanzas.

Con la locomotora ya en marcha, estuve deambulando por vagones extraños. Era como si cada uno hubiera sido cortado de un tren diferente, cada uno con sus viajes, sus pasajeros, su vida, su deterioro. Las datas de creación del vagón más nuevo y el que aparentaba mayor vejez deben haber tenido casi dos siglos de diferencia y ni siquiera cumplían con alguna cronología en su ordenamiento. Parecía que el encargado de dicha selección no tubo el menor método ni concepción del final de su obra.

Luego de mi primer recorrida ya había armado una noción básica de la composición del vehículo y fácilmente podía decir que éste tren contaba con tres salones comedor; el primero y más amplio parecía nuevo, pero a la vez tan ecléctico que me llenaba de nostalgia hasta el agua tónica del menú. Tenia luces tenues en los ángulos, y las puertas eran casi imperceptibles, la sensación de encontrarse en un lugar tan impactante de repente era casi vertiginosa y aun más el no concebir la idea de estar afuera. Algunos biombos segmentaban el vagón en cuatro o cinco espacios muy bien definidos en su personalidad pero también muy bien comunicados entre si, aunque no siempre armoniosamente.

En el salón central se sucedían desopilantes historias que sin el mayor esfuerzo de intromisión o chismorreo se podían disfrutar como si fueran obras de teatro finamente creadas y dirigidas, desgraciadamente, a un publico desinteresado. Los personajes y los dramas de estas historias cambiaban sucesivamente pero la similitud de los protagonistas nos hacia sospechar que siempre se hablaba de los mismos. Obviamente un hombre y una mujer con sus personalidades chocantes, sus encuentros y desencuentros y un sin fin de hechos que los hacían tan interesantes en conjunto, tan singulares y sinérgicos, los dos amalgamados en una transgresora historia que se sucedía como una serie de episodios mezclados en una gran cacerola y revueltos con un paletón de madera.

viernes, 23 de julio de 2010

HOY ES SIEMPRE

No se crea el lector de estas lineas que quien les habla es un pastor evangelista ni que estoy pensando que soy un iluminado con la tarea de transmitir un mensaje divino, simplemente la ultima cervecita que compartí con mis colegas Macanudos en la madrugada de hoy sigue dando vueltas por este cuerpo, activando algunas fibras sensibles que pienso poner al descubierto por este medio, ya que cuento con la impunidad de 6 horas en esta oficina hasta que mis compañeros de tragos/trabajo se despierten y sean capaces de leer esta esquela.
Esta mañana cuando mi cara se despegaba pesadamente del abrazo tierno, acogedor y hasta traicionero de mi almohada, me dije "gran madre la de la parte intima de la hembra del loro". Me lo dije en silencio, pensando en lo bueno que iba a ser cuando vuelva a casa y la oscuridad me acompañe en una impune siesta que complete las horas de sueño que debe cumplir una persona normal. Pero en el gélido camino al baño fui atravesado por un enceguecedor destello de luz, que trate de evadir achinando los ojos, porque la lentitud característica de las primeras horas del día no me permitían una maniobra mas arriesgada. Cuando me disponía a gambetear esta situación, en el medio segundo en que paso todo esto, empece a sentir el calor, la energía que me derretía las estalactitas que pendían de la punta de mi nariz. Ahí reconocí de donde venia el calor. Decenas de haces de sol riéndose de la persiana se escabullían para clavarse en mi, y que las partículas esas que andan en el aire hacían que sean tangibles como agujas de tejer tibiesitas, por ahora, que me llenaban de vida, relajaban mi mandíbula harta de temblequear, me abrían los ojos al tiempo que se acostumbraban mis pupilas y mi espalda se erguía junto a las ganas de vivir que tengo hoy.
Justo me llamaron y me olvide un poco lo que iba en este párrafo pero la idea era algo así: que buena onda el sol que sale, nos llena de energía, fija la vitamina D y E, nos da luz reduciendo los escondites de los cacos, permite la fotosíntesis de las plantas que hacen que podamos respirar el escaso aire puro que nos da vida, todo eso al módico precio de NADA. O quizá el precio es mucho mas caro que cualquier otro, capas que el sol simplemente nos muestra lo magnifico que es, y todos los días sale a presumir su grandeza, su vital e inevitable presencia, su terrible, despiadado y fatal resplandor, su voraz ego insaciable de admiración.
Olvidando la ultima oración, cargada del recelo propio de la gente que invento la frase "cuando la limosna es grande hasta el santo desconfía", se me ocurrió que toda la vitalidad y alegría que tenia a esa hora de la mañana, con un arduo día por delante que tal vez termine recién el lunes que viene a la siesta, era digna de compartir, como el sol. Decido compartirla.
La idea de la siesta salvadora se esfumo, la esperanza de que mas tarde iba a estar mejor que ahora se perdía en el cielo azul puro, con nubes que simplemente cumplían el rol de entretenerme con sus formas, del extraño silencio de la media mañana que de niño experimentaba cuando me sacaban sangre y entraba tarde al colegio y que hoy experimento cuando llego forastero a alguna ciudad donde la gente desarrolla su rutina y me entretengo viendo simplemente eso, como viven, como toman el colectivo imaginando los remotos destinos de la señora que relojea su muñeca a la par que un hombre de bigote que era canoso y ahora lo tiñe a cada bocanada de amarillo nicotina.
Todas las sensaciones que en unos segundos experimente gratis esta mañana me hicieron notar que el mejor momento es ahora mismo, que la salvación esta a la vuelta de la esquina y que las sonrisas esperan ansiosas a que las usemos. Les cuento todo esto para que vean a su alrededor y encuentren esas sensaciones que se ocultan atrás de las pilas de papeles para archivar, los apuntes para leer y el monitor que nos acapara la atención que deberíamos poner a la ventana que encuadra el arsenal de amarillos y ocres que nos regala este soleado invierno.
La propuesta es disfrutar de estas cosas, que la mas mínima sensación nos llene de felicidad, la propuesta es que cuando pidamos algo hagamos sentir que realmente necesitamos de esa persona y cuando agradezcamos un favor hagamos sentir nuestro agradecimiento. Están de ofertas las oportunidades de hacer la acción del día prestando atención a los que necesitan ser escuchados y no ser indiferentes a los que con un simple abrazo van a ser mas felices. No pido que salgamos vorazmente a construir casas ni recolectar comida, cosa que seria grandiosa, simplemente les propongo hacer del día a día un tiempo mejor, con menos bocinas, con mas cabeceadas de "pase ud." y básicamente con mas cariño y amor para todo el mundo.
Hoy es el momento de empezar a ser felices con lo que tenemos, con lo que nos falta, con el peso de nuestras historias y la esperanza de las que vendrán. Empecemos a sentir cosas, sentir amor y no callarlo ni mucho menos mezquinarlo, producir, hacer felicidad y luchar contra los que no nos lo permiten, pero que la lucha nos haga felices también.
Gracias a los que llegaron a este párrafo y espero que huestes de personas alegres salgan a contagiar alegría y sean soles de felicidad que vociferan su cariño por la vida y por la gente en todas las esquinas de esta ciudad cada vez mas amargada y hundida en pesares que probablemente empeoren, luchemos contra esto desde adentro y vamos a tener la energía para exteriorizarlo.
Me pongo a trabajar, contento, pero no sin antes agradecer públicamente a Tucho que entre copas me dijo sabias palabras anoche, pedir perdón al Sr. que manejaba ayer un Ford Fiesta rojo desde el aeropuerto a circunvalación que no sabe usar el carril rápido y lo trate un poco mal, abrazo a Paliio y al Igni que con penas a cuestas me están dando muchas alegrías y a vos.

Abrazo grande y gran fin de semana para todos.

4to Macanudo.

martes, 28 de octubre de 2008

DE LA SOLEDAD, AUSENCIAS Y AUSENTES.

Esa tarde el aire se sentía pesado y sombrío, volví a casa de mi madre a dejarle sus remedios que compre cuando volvía de la facultad. Escuche en el colectivo que en Buenos Aires había problemas. No quise saber mas.
Eran los primeros días de otoño y ya añoraba las tardes de verano que paseábamos en bicicleta, en esas expediciones por la ciudad, buscando el “mejor rincón para leer del mundo”, que le llamábamos así a pesar de que nuestras travesías no iban mas allá de 10 manzanas de radio. El sol del verano abrigaba nuestras largas horas de silencio y lecturas. A pesar de eso sentía que estábamos tan comunicados, aunque no dijéramos una palabra durante horas. Tu respiración generaba un ritmo que me llevaba a un estado somnoliento que a la vez me introducía en cada historia de una manera fantástica; fui testigo de la profunda charla de la Rosa con el niño de Saint Exupery y cada una de sus aventuras fueron mías, vi caer a Livraga y sus compañeros en ese terreno baldío de José León Suárez, sintiéndome cómplice de esa matanza pero tan feliz e impotente a la vez, al verlo huir, malherido y aterrorizado, para poder hacer conocer su historia.
Anoche hicimos lo que en tantas otras: escuchamos el radioteatro* y después me mostraste tu nuevo disco de jazz. Siempre decías “quien entiende el jazz entiende la vida” y así aprendí por vos a leer tus partituras como si fueran cartas amarillas y polvorientas, cartas de amigos que ya no están, nostálgicos amigos con nuevas vidas en lugares alejados de su tierra. Esa noche, mientras me contabas sobre una novela de uno de tus autores preferidos, lloramos juntos, el fuego perdía vigor y nuestro amigo George Orwell, con su visión de un futuro lejano para el y para nosotros tan próximo, había abandonado la habitación.
Te espere esa noche. Cenamos y no venias. Encendimos la radio, lo que no quise oír en el colectivo se me presento de repente, una voz oficial decía como tantas otra veces; "Se comunica a la población que, a partir de la fecha, el país se encuentra bajo el control operacional de la Junta de Comandantes Generales de las Fuerzas Armadas. Se recomienda a todos los habitantes el estricto acatamiento a las disposiciones y directivas que emanen de autoridad militar, de seguridad o policial, así como extremar el cuidado en evitar acciones y actitudes individuales o de grupo que puedan exigir la intervención drástica del personal en operaciones". No venias.
Hubo otro comunicado oficial, mi almuerzo en el comedor universitario lo guarde para llevar a casa, como siempre hacia, para comer con mamá. Volví temprano, la Argentina de Menotti le ganó a Polonia por dos a uno, llegaste. Abatido me dijiste las mas dulces y duras palabras. Fueron los mejores y mas dolorosos minutos de mi vida. Ya el olor a ginebra y cigarrillo que tanto odiaba se hacia perfume de nostalgia, aun me abrazabas, te llevaste todos tus regalos, quemamos todas nuestras fotos. Odiabas las despedidas.
Hoy me abrazan las ramas de un árbol que elegimos, en un parque al final de una avenida con nombre de general. La culpa se acumula a medida que reviso las pertenencias que llegaron de un desconocido. Veo tu pasaporte, sellos de entrada y salida me dicen que no bajaste los brazos, que no abandonaste la lucha. La tierra de la que huyeron nuestros abuelos muchas veces te dieron cobijo. Me hago cargo de cartas sin destinatario, sabiendo que solo lo hacías por protección. Tampoco tienen remitente. En particular me llamo la atención una, la ultima, hacia mucho que no escribías. Este párrafo me conmovió y me lleno de culpa: “... extrañamente ese medio día almorzamos carne, nos dieron ropas limpias, caminamos mucho sin salir del edificio, subimos a un camión sin luz. Pasamos la noche ahí viajando, y de madrugada entramos a otro edificio, el olor a río me era muy familiar. Las voces y cantos eran cada vez mas potentes y cercanos, la felicidad de tanta gente desbordaba las paredes. Nos ordenaron nos quitáramos las capuchas. Salimos del pequeño cuarto en que estábamos y vi que éramos cerca de cien hombres. Escuche de un cabo que no éramos los únicos. Estábamos en el principio de uno de los partidos del mundial de fútbol, salimos a un balcón en el estadio, reconocí el lugar. Rosario. El celeste y blanco del cielo que vio crear la bandera se confundía con los miles de fanáticos, abrumando las banderas peruanas. La alegría era desbordante, sin embargo había algo que hacia que no pudiera contagiarme, reconocí el mismo sentimiento en mis compañeros, solo escuchábamos. Hace mas de tres meses en los que cada noche pienso en que quiero morir, hace tres meses que reafirmo mi lucha por la libertad, hace tres meses que lo único que me mantiene vivo es la esperanza de saber que alguien nos esta buscando, que alguien nos va a salvar, que se preguntan donde estamos. Hoy vi que no es así, que hay tantas cosas mas importantes, que la lucha es en vano. La euforia de miles me desgarra. Quiero volver al suelo frió y mojado de mi celda donde las ratas ya eran amables, las cuarenta mil personas que veía me daban la espalda, me dejaron solo, caminaba entre muertos. Yo estaba muerto ...”.
En su ultima carta no me mencionaba, odiaba las despedidas.