miércoles, 29 de abril de 2009

LA TAREA DE ABLANDAR EL LADRILLO

De vez en cuando, casi por casualidad, te reencontras con viejos libros que te devuelven a la irrealidad.
Mañana será otro día. O el mismo, depende de nosotros.

LA TAREA DE ABLANDAR EL LADRILLO

“La tarea de ablandar el ladrillo todos los días, la tarea de abrirse paso en la masa pegajosa que se proclama mundo, cada mañana topar con el paralelepípedo de nombre repugnante, con la satisfacción perruna de que todo esté en su sitio, la misma mujer al lado, los mismos zapatos, el mismo sabor de la misma pasta dentrífica, la misma tristeza de las casas de enfrente, del sucio tablero de ventanas de tiempo con su letrero Hotel de Belgique.
Meter la cabeza como un toro desganado contra la masa transparente en cuyo centro tomamos café con leche y abrimos el diario para saber lo que ocurrió en cualquiera de los rincones del ladrillo de cristal. Negarse a que el acto delicado de girar el picaporte, ese acto por el cual todo podria transformarse, se cumpla con la fría eficacia de un reflejo cotidiano. Hasta luego, querida. Que te vaya bien.
Apretar una cucharita entre los dedos y sentir su latido de metal, su advertencia sospechosa. Cómo duele negar una cucharita, negar una puerta, negar todo lo que el hábito lame hasta darle suavidad satisfactoria. Tanto más simple aceptar la fácil solicitud de la cuchara, emplearla para revolver el café.
Y no que esté mal si las cosas nos encuentran otra vez cada dia y son las mismas. Que a nuestro lado haya la misma mujer, el mismo reloj, y que la novela abierta sobre la mesa eche a andar otra vez en la bicicleta de nuestros anteojos, ¿por que estaría mal? Pero como un toro triste hay que agachar la cabeza, del centro del ladrillo de cristal empujar hacia afuera, hacia lo otro tan cerca de nosotros, inasible como el picador tan cerca del toro.
Castigarse los ojos mirando eso que anda por el cielo y aceptar taimadamente su nombre de nube, su replica catalogada en la memoria. No creas que el teléfono va a darte los números que buscas. ¿Por que te los daria? Solamente vendra lo que tienes preparado y resuelto, el triste reflejo de tu esperanza, ese mono que se rasca sobre una mesa y tiembla de frío. Rómpele la cabeza a ese mono, corre desde el centro hacia la pared y ábrete paso.
¡Oh cómo cantan en le piso de arriba! Hay un piso arriba en esta casa, con otras gentes. Hay un piso de arriba donde vive gente que no sospecha su piso de abajo, y estamos todos en el ladrillo de cristal. Y si de pronto una polilla se para al borde de un lápiz y late como un fuego ceniciento, mírala, yo la estoy mirando, estoy palpando su corazón pequeñísimo, y la oigo, esa polilla resuena en la pasta de cristal congelado, no todo está perdido.
Cuando abra la puerta y me asome la la escalera, sabré que abajo empieza la calle; no el molde ya aceptado, no las cosas ya sabidas, no el hotel de enfrente: la calle, la viva floresta donde cada instante puede arrojarse sobre mi como una magnolia, donde las caras van a nacer cuando las mire, cuando avance un poco más, cuando con los codos y las pestañas y las uñas me rompa minuciosamente contra la pasta del ladrillo de cristal, y juegue mi vida mientras avanzo paso a paso para ir a comprar el diario a la esquina.”

viernes, 17 de abril de 2009

INSTRUCCIONES PARA SUBIR UNA ESCALERA

Nadie habrá dejado de observar que con frecuencia el suelo se pliega de manera tal que una parte sube en ángulo recto con el plano del suelo, y luego la parte siguiente se coloca paralela a este plano, para dar paso a una nueva perpendicular, conducta que se repite en espiral o en línea quebrada hasta alturas sumamente variables. Agachándose y poniendo la mano izquierda en una de las partes verticales, y la derecha en la horizontal correspondiente, se está en posesión momentánea de un peldaño o escalón. Cada uno de estos peldaños, formados como se ve por dos elementos, se situó un tanto más arriba y adelante que el anterior, principio que da sentido a la escalera, ya que cualquiera otra combinación producirá formas quizá más bellas o pintorescas, pero incapaces de trasladar de una planta baja a un primer piso.
Las escaleras se suben de frente, pues hacia atrás o de costado resultan particularmente incómodas. La actitud natural consiste en mantenerse de pie, los brazos colgando sin esfuerzo, la cabeza erguida aunque no tanto que los ojos dejen de ver los peldaños inmediatamente superiores al que se pisa, y respirando lenta y regularmente. Para subir una escalera se comienza por levantar esa parte del cuerpo situada a la derecha abajo, envuelta casi siempre en cuero o gamuza, y que salvo excepciones cabe exactamente en el escalón. Puesta en el primer peldaño dicha parte, que para abreviar llamaremos pie, se recoge la parte equivalente de la izquierda (también llamada pie, pero que no ha de confundirse con el pie antes citado), y llevándola a la altura del pie, se le hace seguir hasta colocarla en el segundo peldaño, con lo cual en éste descansará el pie, y en el primero descansará el pie. (Los primeros peldaños son siempre los más difíciles, hasta adquirir la coordinación necesaria. La coincidencia de nombre entre el pie y el pie hace difícil la explicación. Cuídese especialmente de no levantar al mismo tiempo el pie y el pie).
Llegando en esta forma al segundo peldaño, basta repetir alternadamente los movimientos hasta encontrarse con el final de la escalera. Se sale de ella fácilmente, con un ligero golpe de talón que la fija en su sitio, del que no se moverá hasta el momento del descenso.

AUDIO JULIO CORTAZAR

martes, 14 de abril de 2009

Song Around The World - "STAND BY ME"

Song around the world es un proyecto de la fundacion PLAYING FOR CHANGE. Como este vídeo hay dos versiones mas de temas como ONE LOVE o DON´T WORRY interpretado por artistas de todo el mundo. Para mas info sobre PLAYING FOR CHANGE clickea en el titulo o bien les dejo el link en "hay q pasar el invierno...".


jueves, 2 de abril de 2009

TÚNEL

La isla de San Martín es una más en el modesto archipiélago frente a las Costas Bajas. No está lejos de tierra firme y es fácil identificarla: el alto muro de piedra de la cárcel es inevitable mojón de referencia para los escasos pescadores de la región. El exiguo litoral de la isla fue vigilado perpetuamente durante siglos. Los guardias celosos de la prisión se apresuraban a balear cualquier objeto flotante. Peces voladores, ballenatos, náufragos, han sido a través de los años víctimas del plomo de los carceleros. Una vez por mes, un barquito del gobierno atracaba en el viejo muelle. Llevaba provisiones baratas, algún empleado, algún preso. Siendo legendaria la seguridad del penal, las autoridades enviaban allí a los convictos más temibles, especialmente a los que habían intentado fugarse de otras cárceles. Nadie escapó jamás de San Martín. Es verdad que un buen nadador podría alcanzar la costa vecina sin demasiado esfuerzo. Lo difícil era arrojarse al agua. Los muros eran impenetrables. No había ventanas ni respiraderos. Los presos de la isla nunca veían el mar. La administración central casi no se ocupaba de esta cárcel. Los directores no eran removidos casi nunca, salvo por muerte o jubilación. Un cierto descuido burocrático provocaba dificultades en el abastecimiento y en algunas oficinas de la capital ni siquiera sabían si la prisión seguía funcionando. Se dice que el régimen interno era severísimo. Todos hemos oído alguna historia acerca del extravagante sadismo de los carceleros de San Martín. Se trataba de personas solitarias que carecían de cualquier solaz. Durante un tiempo, el barquito arrimó algunas prostitutas para el recreo de la guarnición. Pero con los años vino a observarse un creciente desinterés de los hombres. Al parecer, mejor los complacía la crueldad que la lujuria. La isla estaba completamente ocupada por la cárcel. Fuera de ella no había nada. Apenas unos metros de arena entre las paredes y el mar. A pesar de no medir más de un kilómetro en su punto más ancho, los intrincados pasillos y las tortuosas galerías de los absurdos edificios producían en sus habitantes una penosa sensación de infinitud. Los sectores al aire libre eran también deprimentes: una laguna pantanosa donde los penados pescaban renacuajos, una loma pelada que ocupaba el centro de la isla, un patio empedrado. Los pocos árboles que existían ocupaban el distrito a las autoridades. No se sabe cuándo, alguien pensó en hacer un túnel. Un túnel bajo los muros y bajo el mar, que condujera directamente a tierra firme. Describiré la magnitud de los trabajos necesarios. La distancia entre la isla san martín y la costa es de unos 6500 metros. La profundidad del mar es escasa: unos 30 pies como máximo. Los sedimentos cuya acumulación ha dado origen a las islas son relativamente fáciles de remover. Ingenieros comedidos han calculado que una cuadrilla de convictos trabajando con herramientas elementales, en horarios reducidos por la prudencia y mermado su rendimiento por el sigilo, podrían avanzar un metro cada tres días en un corredor de un metro de diámetro. Los mismo ingenieros, o quizá otros, podrían continuar el cálculo: diez metros en un mes. Poco más de una cuadra en un año. 1200 metros en una década. Y el recorrido completo en unos 65 años. Tal vez ignorando estas cifras incorruptibles, cautivos ingenuos empezaron el túnel. Los datos que siguen son inevitablemente dudosos. Esta clase de obras progresa en la clandestinidad. hemos consultado a funcionarios policiales, antiguos presos, pobladores de la zona y proveedores de la prisión y las noticias resultantes están desfiguradas por el olvido, el temor, la suspicacia o el mero desconocimiento. Algunos dicen que el túnel tenía tres bocas. Dos de ellas eran falsas y se procuraba que las autoridades descubrieran los fingidos trabajos que allí se realizaban. La verdadera entrada pudo haber estado en la quinta letrina del más antiguo de los baños. El célebre delincuente Tony Musante estuvo recluido cinco años en San Martín. Allí escribió unos textos bajo la forma de memorias, cuyo propósito se vinculaba menos con el ejercicio de la literatura que con el de la venganza. En esas páginas se menciona el túnel varias veces. "La Hermandad del Túnel me pidió ayuda en la excavación. Les hice saber que no estaba dispuesto a ningún trabajo manual. Los mensajeros prometieron que jamás habían pensado en ello. Más bien me necesitaban para amenazar a los renuentes y, llegado el caso, para eliminar a los traidores. Quise saber quiénes eran los jefes de la Hermandad, pero los mensajeros no lo sabían. Al parecer, el túnel mide ya cerca de dos kilómetros. Me convidaron a recorrerlo. No acepté. Según pude saber, se trata de un agujero muy estrecho por el que se circula en cuatro patas. Cada cien metros hay tramos más anchos y más altos para el descanso y para que puedan cruzarse personas que marchan en dirección opuesta." Musante escribía esto en 1930. Todo hace suponer que jamás vio el túnel. Tampoco llegó a saber quiénes dirigían la Hermandad. Es casi seguro que no prestó su servicio. En 1934 lo trasladaron a otra cárcel menos rigurosa, en atención a su buena conducta. Sin duda el testimonio escrito de mayor importancia fue el que surgió de la confesión del arquitecto Bompiani.
Marcos Bompiani fue un asesino serial, que acostumbraba a emparedar a sus víctimas en los muros de los edificios que construía su empresa. Condenado a prisión perpetua, estuvo en San Martín más de diez años. Allí también cometió algunos crímenes. Obligado a confesarlos, admitió - de paso - haber dirigido personalmente las obras del túnel y haber sido jefe de la Hermandad. Sin embargo, Bompiani jamás reveló la ubicación de los accesos verdaderos. El arquitecto señaló unos gravísimos problemas. El desconocimiento de la profundidad exacta del mar obligaba a excavar muy profundo, por precaución. El aire era escaso y era imposible construir respiraderos. Además, cuanto más progresaba el emprendimiento, más se tardaba en llegar gateando hasta el punto de excavación. Bompiani estimó que el tiempo empleado en el trayecto (unos 3000 metros en 1946) era de casi tres horas. Esto hacen seis horas entre la ida y la vuelta. Ante la dificultad de justificar las prolongadas ausencias de los presos, hubo que reducir al mínimo la duración de los turnos. Tal vez nadie cavara más de quince minutos por jornada. En los primeros años, el clásico problema de deshacerse de la tierra removida parecía más o menos resuelto. La loma pelada fue creciendo de a poco. Los presos llenaban sus bolsillos en el túnel y los vaciaban allí. Pero Bompiani comprendió que tarde o temprano las autoridades iban a extrañarse de aquel fenómeno. El arquitecto calculó que la obra completa implicaría el desalojo de siete mil toneladas de tierra, cuyo volumen sería aproximadamente el de un edificio de catorce pisos. Resolvió entonces designar a un grupo de especialistas para que procediera a capturar toda clase de pájaros, con preferencia de buen tamaño. Esta tarea se realizaba con el permiso y hasta con el beneplácito de las autoridades. A cada ave capturada se le ataba a la pata una pequeña bolsa de papel llena de tierra y agujereada. En esas condiciones los pájaros abandonaban la isla con vuelo esforzado, desparramando la tierra del túnel por todo el océano. Bompiani se extendía en explicaciones tediosas acerca de las dificultades para conseguir bolsas de papel o para evitar que los guardianes se dieran cuenta de estas maniobras. En medio de nuestro trabajo de investigación, encontramos numerosas menciones del túnel, en fechas remotísimas. La más antigua data del año 1790. ¿Cuándo comenzó realmente la excavación del túnel? ¿Hace doscientos años? ¿Hace trescientos? ¿Por qué nunca fue terminado? Puede conjeturarse que no estamos hablando de uno, sino de varios túneles, que fueron comenzados en distintas épocas. Es probable que los carceleros hayan descubierto y clausurado la mayoría de ellos. De hecho, todos los directores han conocido los rumores sobre un misterioso plan de fuga. Se sabe que la policía solía infiltrar a algunos de sus agentes entre los prisioneros. Eran maniobras muy discretas: ni siquiera los carceleros podían diferenciar a los falsos criminales de los verdaderos. Sin embargo las negligencias administrativas, que ya hemos señalado, generaban errores inconcebibles. Muchos policías han terminado su vida en la cárcel de San Martín, ante el olvido de sus superiores, gritando a los impasibles carceleros nombres, direcciones e inútiles referencias. En 1940, el periodista inglés Andrew Harrison obtuvo permiso del director de la cárcel para fingirse presidiario e investigar por su cuenta. Los resultados de más de una año de sacrificio fueron pobrísimos. Nadie sabía nada del túnel, ni de la Hermandad. A Bompiani, ni siquiera lo conoció. Muchas veces fue víctima de las bromas de los convictos, que se complacían en señalar supuestas entradas del túnel en los lugares más indignos. Años después, se reveló que todo el mundo sabía que Harrison era un periodista un encubierto y que se consideraba de buen tono el contarle mentiras para su posterior publicación. En 1942, apareció el libro Mejor que no hable, en el que se divulgaban las confidencias íntimas de los penados. Allí se sostuvo que el túnel no existía. Esta cómoda opinión fue ovacionada por los Refutadores de Leyendas de todo el mundo. Durante décadas el asunto fue olvidado. En 1974, la cárcel de San Martín fue clausurada y en 1977, se demolieron los siniestros edificios. Al parecer, no se hallaron rastros de túnel alguno. Pero en 1980, en su libro Túneles del mundo, el viajero francés Jean Luc Toinette razonó que los rastros de una obra tan elemental desaparecían fácilmente y que la ausencia de vestigios no garantizaba la inexistencia del famoso túnel. Dejo para el final el testimonio del último director de la prisión, el odontólogo Antón Garat: "El túnel existió y fue la obra más noble de la que yo haya tenido noticia. Los presos preparaban una vía de escape que ellos mismo no iban a ver terminada. Estaban trabajando para la fuga de hombres que ni siquiera habían cometido aún el delito que los iba a condenar. "El túnel era la esperanza. Era necesario para unos hombres embrutecidos por el sufrimiento. Por eso nunca me esforcé demasiado en encontrarlo. La excavación ocupaba sus energías y los mantenía alejados de motines y reclamos." Me atrevo a postular que la existencia real del túnel es asunto secundario. La ilusión de la fuga no fue jamás una promesa concreta. Las ilusiones grandes nunca lo son. Quizá la verdadera función de la Hermandad haya sido esa: mantener vivo un sueño imposible. Tal vez las autoridades no hayan estado lejos de la cofradía. El informe termina aquí, apresuradamente, cuando se oye el ya cercano trote de las alegorías.

miércoles, 25 de marzo de 2009

REFUTACION DE LOS VIAJES

Mentor de una próxima procesión hasta la localidad de Tancacha, el siguiente relato del negro Dolina nos vaticina las posibilidades de disfrutar las aventuras q se nos presentan en las pequeñas peregrinaciones q emprendemos cada dia.
Personalmente los viajes son mi mayor anhelo, pero no quita q me pierda del goce de ser copiloto de un amigazo en el traslado de ensaladas hasta la casa de "la abuela Tuca", montados en un vehículo de dudosas condiciones haciendo juego con las condiciones del chofer.
Ya mismo podría titular un relato para el diario de Mandeb: "Del bailongo a las casas de la mano de un gringon", que comienza con el rechazo de uno o dos regresos confortables y puerta a puerta para darnos oportunidad de un ratito mas de baile. Pero la aventura real comienza cuando la vuelta al hogar se llena de transbordos utilizando infinidad de medios de transporte, explotando al máximo los escasos recursos disponibles, donde el coctel de inexperiencia, desesperacion y alcohol es el elixir q nos hace olvidar las penurias y desata interminables carcajadas, donde la solidaridad pelea cuerpo a cuerpo con las ventajas personales, cuando mendigar pan o cigarrillos ya no es vergüenza y el q encuentra una canilla en las inmediaciones de la panadería merece todos los laureles.
Dicho esto les
propongo algunas ideas para el próximo viaje hasta la facultad, por ejemplo hacer un "relevamiento de horneros de semáforos", q muy lejos están de ser aves de ingeniería avanzada...

REFUTACION DE LOS VIAJES

Las consecuencias del progreso de los medios de locomoción tal vez van más allá de lo que uno se imagina. Es que la existencia de aparatos tan formidables como el aeroplano debe producir transformaciones, no sólo en los usos sociales y económicos, sino también en nuestras almas.
En la época de los grandes viajes, un hombre occidental que alcanzaba a llegar a Pekín se ganaba el asombro general. Ir hasta el Congo y regresar vivo era hazaña que alcanzaba a justificar la existencia toda.
No hace falta decir que, en nuestros días, cualquier imbécil puede llegar a Pekín, al Congo o a ambos lugares, en muy pocas horas, sin despeinarse y sin despertar el asombro de nadie.
Se comprende, entonces, que lo verdaderamente admirable de una excursión gloriosa no reside en situarse en un punto más o menos lejano, sino más bien en hacerse cargo de las penurias del trayecto. El siglo XX ha eliminado casi todos los riesgos propios de los caminos. Ya no hay bandoleros en las encrucijadas, ni ríos correntosos que vadear, ni alimañas ponzoñosas, ni fiebres tropicales. El avión vuela por sobre todas estas calamidades y resta a sus usuarios hasta la menor perspectiva de gloria.
Cuando se habla de viajes, los miembros de la Sociedad del Pensamiento Fácil sienten estallar en sus cerebros una batería de ocurrencias previsibles: las distancias se han acortado, las noticias se conocen con rapidez, las diferentes culturas se presionan mutuamente y otras módicas verdades de parecido efecto.
Pero hay más: la velocidad del traslado y la eliminación de peligros y sobresaltos ha generado en las muchedumbres una especie de santa impaciencia, conforme a la cual todo el mundo se cree con derecho a alcanzar las metas que se propone, de manera inmediata y con el menor esfuerzo.
Así, cuando un pelafustán declara que estamos en la era del jet, no se limita a indicar la posibilidad de viajar a Madrid en 11 horas, sino que trata de sugerir la conveniencia de hacer las cosas rápidamente y sin mancharse los pantalones.
Estos asuntos -que no parecen demasiado apasionante- fueron, sin embargo, el eje de una larga polémica. Ciertos espíritus obtusos de la calle Boyacá, alcanzaron a sentir -ya que no a razonar- que todo viaje es inútil, cuando no nefasto.Así nace la Cooperativa Enemigos de los Viajes, entidad sedentaria y conservadora que postulaba la conveniencia de no moverse. El testimonio que queda de sus desvelos es relativamente escaso. Cabe suponer que se trataba de gente perezosa. Igualmente, fueron capaces de preparar un interesante proyecto sobre prohibición de mudanzas.
Allí se sostiene que toda mudanza es triste e indeseable y que causa dos daños al mismo tiempo: uno en el antiguo barrio, donde se padecerán los dolores de la ausencia; otro, en el barrio nuevo, donde se soportarán las violencias de recibir extraños. Este trabajo no fue presentado a las autoridades, tal vez por no costearse hasta el centro.
Con signo absolutamente opuesto, en Caballito funcionaba la Sociedad de Viajeros Perdidos. El éxito de este grupo perdura hasta nuestros días. En sus oficinas (cuando había alguien) se recitaban a voz en cuello las ventajas infinitas de viajar a cualquier parte.
Según los viajeros perdidos, recorrer el mundo es la única forma de alcanzar la cultura y aun la sabiduría. La afirmación no parece muy consistente: la calle está llena de sujetos que han recorrido los cinco continentes, permaneciendo en la más inmaculada ignorancia. De cualquier modo, los kilómetros transitados y los países conocidos otorgaban rango y jerarquía en este círculo. “Se lo digo yo, que he visitado Albania” era un argumento prácticamente irrefutable, aun cuando se estuviera discutiendo sobre la formación del equipo de San Lorenzo.
Sintiendo las ráfagas de estos vientos contrarios caminaban -perplejos- los Hombres Sensibles de Flores. Ellos nunca habían sido grandes viajeros. Pero les gustaba presentir que el mundo estaba lleno de lugares extraños e inaccesibles, donde ocurrían cosas prodigiosas. Algunas veces, los Narradores de Historias contaban las aventuras de peregrinos que habían llegado hasta el Tigre o incluso hasta La Reja, para descubrir paisajes exóticos y costumbres sorprendentes.
Tal vez estos relatos impulsaron a algunos de los muchachos del Ángel Gris a emprender menesterosas exploraciones. De ellas queda fantástica memoria del libro de Jorge Allen “20.000 kilómetros alrededor de Villa Bosch” y -especialmente- en el “Cuaderno de Viajes” de Manuel Mandeb.
La primera de estas obras es ficción pura. Se trata de un poema en el que aparecen figuras de la mitología griega saltando de los tranvías en la estación Tropezón. La intención de Allen -según parece- fue escribir una especie de odisea suburbana. No lo consiguió. Sus alegorías resultan demasiado groseras: Ulises Lo Menso se llama el protagonista. Su mujer, que lo espera en Lugano, Penélope C. de Lo Menso. Existe un tuerto gigantesco (el cíclope) y una bruja hermosa que tira cartas.
Mucho más interesante es el cuaderno de Mandeb. Cada capítulo es un viaje real, consignado con toda precisión. Hay que recorrer -eso sí- que no son excursiones demasiado sorprendentes.
La primera, “Caminando hasta Luján”, es un fracaso. El protagonista confiesa que abandonó el intento en Rivadavia e Irigoyen, no mucho más allá de Villa Luro, víctima del cansancio.“Villa Rizzo, el pueblo perdido” nos da noticias de la existencia de un barrio secreto, oculto entre una cancha de golf y los talleres Alianza. Mandeb pretende que las calles son allí de carbonilla, las veredas altas y las casas de estilo ferroviario.“Perdidos en Parque Chas” es la crónica de una frustrada noche de garufa. Mandeb y sus amigos fueron invitados a un baile en la calle Bucarest. Desdeñando las advertencias de los hombres sabios, se internaron en el barrio sin salida. Y se sabe lo que ocurre en Parque Chas: uno se pierde irremediablemente. Vale la pena transcribir unas líneas:“A eso de las doce, llegamos a la misma cigarrería. Ya era la quinta vez. Como en otras ocasiones, interrogamos al viejo que atendía. Sus indicaciones fueron nuevamente distintas. Loco de furor, salté sobre el mostrador y comencé a estrangularlo.-Viejo mentiroso…¿Cuál es la calle Bucarest? ¿Cómo se sale de este infierno?- El anciano terminó por confesar que no lo sabía. Muy compungido, admitió que el mismo había desembocado en Parque Chas en 1939. No habiendo podido salir de allí, se resignó a instalar un quiosco, gracias al cual sobrevivía, aunque abrigaba el secreto anhelo de volver a Villa Crespo, barrio del que nunca debió salir.”Este capítulo finaliza con la providencial intervención de un taximetrero, quien si bien no acertó a llevarlos a la calle Bucarest, por lo menos sacó -después de varias horas- a la Avenida de los Incas.Hay setenta relatos. Merecen recordarse “Los misterios de la Plaza Irlanda”, “Río Reconquista: hasta el nombre te han cambiado”, “Cómo eludir a los duendes extranjeros de El Palomar” y “Registro de las tribus de José C. Paz”, entre muchos otros. Sobre el final de la obra, Mandeb se permite algunas opiniones generales sobre el tema.Afirma el pensador que el propósito fundamental de todo viaje es el regreso. “La grandes distancias me enseñaron a ver mejor la esquina de mi casa. También, aprendí el valor de la ausencia: cualquier lugar es mejor, apenas uno se va”.
La tradición oral de Flores registra otros viajes memorables: las excursiones de Luciano, el canillita que volaba; los cuentos del viejo Mariotti, el maquinista del ferrocarril; la inconcebible gira del doctor Schultz, que -según dicen- se fue a Europa.
El análisis de todos estos testimonios, nos permite advertir que los Hombres Sensibles de Flores habían captado el sentido del viaje corto. Y este es un acierto que no muchas personas han sabido aplaudir. Desechada la idea de enfrentar dificultades extremas (pantanos, montañas, antropófagos), tanto puede uno encontrar aventuras en Leipzig como en Lanús.
Sin embargo, el trabajo de la Sociedad de los Viajeros Perdidos ha dado sus lamentables frutos. Casi todo el mundo piensa hoy que viajar le da sentido a la vida. Muchas personas se corren hasta Italia, obtienen allí centenares de fotografías y vuelven luego enriquecidos, aunque más no sea, con un nuevo tema de conversación.
Esto es aburrido, pero no perverso. Mucho peores son aquellos que dicen viajar para encontrarse a sí mismos. ¿En qué consiste este viaje? No se sabe bien. Quizás un lechuguino gasta sus ahorros en un pasaje a Calcuta. Una vez en esa ciudad, empieza a buscarse minuciosamente. Pregunto: ¿y si no está? Debe ser francamente desalentador recorrer una distancia tan grande para vivir un desencuentro.
Por lo demás, bien se dice que uno no encontrará en sitio alguno nada que no haya llevado consigo. Para comprender que uno es un tonto, no es necesario trasladarse a Katmandú.
Veamos un último fragmento de Mandeb.“Todo viajero es la mitad de sí mismo. No hay lugar en los aviones para llevar las cosas que lo completan. Esquinas, gestos, personas, vientos, olores, tapiales, saludos, colores y miradas no caben en las valijas.
Se me dice que algunos hombres no conocen la querencia. Son personas incomprensibles, que se reputan ciudadanos del mundo. Yo prefiero ser criollo.”Quien escribe coincide -por una vez- con el mentor de Flores. No está mal contemplar las catedrales góticas, los canales de Venecia o la gran muralla. Sí está mal creer que esas contemplaciones darán sentido a nuestra vida. Para encontrarse a uno mismo no es necesario caminar mucho. Se lo digo yo, que me he rastreado por todas partes y me encontré en el patio de mi casa, cuando ya era demasiado tarde.

lunes, 23 de marzo de 2009

viernes, 20 de marzo de 2009

LUCAS, SUS TRAUMATOTERAPIAS


A Lucas una vez lo operaron de apendicitis, y como el cirujano era un roñoso se le infectó la herida y la cosa iba muy mal porque aparte de la supuración en radiante tecnicolor Lucas se sentía más aplastado que pasa de higo. En ese momento entran Dora y Celestino y le dicen nos vamos ahora mismo a Londres, venite a pasar una semana, no puedo, gime Lucas, resulta que, bah, yo te cambio las compresas, dice Dora, en el camino compramos agua oxigenada y curitas, total que se toman el tren y el ferry y Lucas se siente morir porque aunque la herida no le duele en absoluto, dado que apenas tiene tres centímetros de ancho, lo mismo él se imagina lo que está pasando debajo del pantalón y el calzoncillo, cuando al fin llegan al hotel y se mira, resulta que no hay ni más ni menos supuración que en la clínica, y entonces Celestino dice ya ves, y en cambio aquí vas a tener la pintura de Turner, Laurence Olivier y los steak and kidney pies que son la alegría de mi vida.Al otro día después de haber caminado kilómetros Lucas está perfectamente curado, Dora le pone todavía dos o tres curitas por puro placer de tirarle de los pelos, y desde ese día Lucas considera que ha descubierto la traumatoterapia que como se ve consiste en hacer exactamente lo contrario de lo que mandan Esculapio, Hipócrates y el doctor Flerming.En numerosas ocasiones Lucas que tiene buen corazón ha puesto en práctica su método con sorprendentes resultados en la familia y amistades. Por ejemplo, cuando su tía Angustias contrajo un resfrío de tamaño natural y se pasaba días y noches estornudando desde una nariz cada vez más parecida a la de un ornitorrinco, Lucas se disfrazó de Frankenstein y la esperó detrás de una puerta con una sonrisa cadavérica. Después de proferir un horripilante alarido la tía Angustias cayó desmayada sobre los almohadones que Lucas había preparado precavidamente, y cuando los parientes la sacaron del soponcio la tía estaba demasiado ocupada en contar lo sucedido como para acordarse de estornudar, aparte de que durante varias horas ella y el resto de la familia sólo pensaron en correr detrás de Lucas armados de palos y cadenas de bicicleta. Cuando el doctor Feta hizo la paz y todos se juntaron a comentar los acontecimientos y beberse una cerveza, Lucas hizo notar distraídamente que la tía estaba perfectamente curada del resfrío, a lo cual, y con la falta de lógica habitual en esos casos la tía le contestó que ésa no era una razón para que su sobrino se comportara como un hijo de puta.Cosas así desaniman a Lucas, pero de cuando en cuando se aplica a sí mismo o ensaya en los demás su infalible sistema, y así cuando don Crespo anuncia que est&á con hígado, diagnóstico siempre acompañado de una mano sosteniéndose las entrañas y los ojos como la Santa Teresa del Bernini, Lucas se las arregla para que su madre se mande el guiso de repollo con salchichas y grasa de chancho que don Crespo ama casi más que las quinielas, y a la altura del tercer plato ya se ve que el enfermo vuelve a interesarse por la vida y sus alegres juegos, tras de lo cual Lucas lo invita a festejar con grapa catamarqueña que asienta la grasa. Cuando la familia se aviva de estas cosas hay conato de linchamiento, pero en el fondo empiezan a respetar la traumatoterapia, que ellos llaman toterapia o traumatora, les da igual.

lunes, 16 de marzo de 2009

NIÑOS, LIBROS Y LECTURAS

Las novelas decimonónicas sobre el Imperio Romano se esfuerzan en reconstruir la época de los Césares y apenas consiguen revelar las preferencias y gustos del siglo XIX. Sucede que los cónsules, los senadores y los emperadores no pueden disimular el acento de las tertulias parisinas, por mucho que se esfuerce el escritor. Esto no debe apuntarse como un reproche sino más bien como una fatalidad que conviene saber antes de la lectura.
Algo parecido sucede con los libros para chicos. Escritos desde un mundo diferente, suelen referir historias que suenan falsas, protagonizadas por seres lejanos e incomprensibles. Ante su propia creación, los autores suelen afectar una especie de perpleja benevolencia, la misma que se usa en la descripción de las costumbres de los salvajes.
Alguien podrá decir que lo más conveniente es que los romanos escriban sobre el imperio, y los niños sobre la infancia. Objeción: los romanos no escriben ya y los niños no lo hacen todavía. De unos y otros nos separa el tiempo.
Puede aducirse que mientras ningún escritor actual ha sido ciudadano del Imperio, casi todos han sido niños. Sin embargo, un complicado abismo de olvidos y falsos recuerdos parece alejarnos de nuestras emociones infantiles. Los literatos que se fingen chicos no consiguen engañar a nadie.
A decir verdad, no es posible ni siquiera saber con certeza si los niños disfrutan de los libros que se les preparan.
Con mucha cautela, me atrevería a apostar que no. Evocaciones que acaso invento ahora me remiten a las historias de terror, las investigaciones de Mister Reeder, el Padre Brown y el poema A Margarita Debayle , creaciones todas que poco tienen de infantiles.
Me parece también recordar que a mis cuatro o cinco años escuchaba con mas placer La Copa del Olvido o Mi Noche Triste, que las cargosas pamplinas sobre faroleras tropezadas.
Así, menos en forma de teoría que de sospecha, postulo que un libro que entretiene a un chico debe ser capaz de hacerlo con un adulto. Desde luego, la admiración no sirve en el orden inverso: toda obra necesita una información previa por parte del lector para ser comprendida. El cuento El inmortal , de Jorge Luis Borges, resultaría incomprensible -o insulso- para quien desconociera la existencia de Homero. La medición de un hexámetro exige saber latín. Presiento, sin embargo, que miles de cuentos y novelas pueden ser leídos sin penuria por los chicos y sin aburrimiento por los mayores. Los ejemplos son tan contundentes que me averguenzan: La Isla del Tesoro , los cuentos de Oscar Wilde, Las Mil y una Noches, las maravillas y horrores de la mitología clásica.
Frente a estas obras, los coloridos volúmenes de las colecciones infantiles resultan bastante insípidos.
A veces me palpito que muchos de estos textos son estropeados por la intención edificante. Alguien me dijo una vez que en verdad ocurre lo contrario: la torpeza literaria desacredita la moraleja.
Manuel Mandeb, el polígrafo de Flores, sentía horror por las novelas protagonizadas por niños. Sostenía que sus comportamientos eran poco racionales, o lo que es peor, poco artísticos. Recomendaba insuflar a los pequeños personajes la mayor gravedad, pues entendía que los chicos son generalmente serios y aborrecían la socarronería.
Mandeb creía que el amor a los niños era una virtud literaria capaz de redimir cualquier defecto.
- El cariñoso esfuerzo conmueve a los pibes aunque no lo confiesen -decía.
Me parece que el hombre de Flores adivinó una gran verdad.
Cuando era chico yo sentía una emoción deliciosamente triste ante las calesitas, los circos y los caleidoscopios. No me gustaban, no me divertían. Pero me hacían sentir una inmensa piedad por aquellas gentes, más inocentes que yo, que trataban de agradarme con ingenio modesto. De entre mis juguetes infantiles recuerdo una cimitarra de madera que me trajo mi padre. Mis juegos no incluían las gestas sarracenas, de modo que no pude sacarle mayor provecho. Pero allí estaba el amor del hombre aquel que tal vez no me comprendía.
Por eso creo en el criterio de Mandeb. El amor de un poeta puede ser más eficaz que un buen argumento.
Más tarde he reconocido aquellos sentimientos de la niñez al recibir algún regalo demasiado humilde.
En los años dorados, un grupo de maestros melancólicos del barrio del Angel Gris preparó un libro de lectura escolar diferente de todos.
Su título fue Tempranos Desengaños.
Contaba con textos de Manuel Mandeb y Jorge Allen, la docente Etelia C. de Doth y otros oscuros literatos del barrio. También se procuró hacer creer que escribían algunos niños, cosa que nadie llegó a admitir jamás.
Muchos educadores han dicho que Tempranos Desengaños carecía de propósitos aleccionadores. Nada más falso. En muchas de sus páginas se promueve la admiración de ciertas conductas. Sucede -eso sí- que tales conductas son precisamente aquellas que repudian los libros infantiles convencionales. Se enaltece la inasistencia a clase, se desprecia la aplicación, se duda de la higiene y se festejan los desórdenes.
Hay cuentos, poesías, notas y canciones, entre las que sorprende encontrar la milonga Cobráte y dame el Vuelto.
Vamos a transcribir algunos textos.

LOS DEBERES DE PEDRO
Pedro se sienta en los ultimos bancos del aula, como corresponde a un chico que desdeña la educación y la vecindad de los poderosos. Las conspiraciones y los batifondos nunca lo hallan ajeno. Busca el riesgo de las transgresiones y la compañía de los más beligerantes. A veces lo tientan el estudio y la inteligencia.
Entonces, como quien acepta un desafío, como una compadrada, resuelve arduos problemas de regla de tres y cumple los dictados sin tropiezos.
Un día, la maestra le acaricia el pelo tiernamente. El piensa:
- Ay señorita... Si supiera como me gustaría regalarle una flor y darle un beso.
Pero Pedro sabe quién es y conoce su deber y su destino. Con una gambeta se aleja del afecto inoportuno y va a buscar la gloria allá en el fondo, donde los malandras se empeñan revoleando los tinteros para que se cumpla mejor el divino propósito del Universo.

EJEMPLO (Poesía)
Los sabios nos han dicho
que sigamos la sombra de tu paso.
Y ha sido tu destreza
la vergüenza de nuestras lentitudes.

Los signos que guardaba
la efímera pizarra en su negrura
a tí no te negaron
revelaciones y sabidurías.

Los Seres que Vigilan
han sabido por tí nuestras infamias
y hallaste recompensa
en la noticia del castigo ajeno.

Ah, blanco paradigma,
luminoso, implacable compañero:
hoy nuevamente ha sido
postulada tu suerte como ejemplo.

El numeroso patio
tu sangre dibujada vió en el suelo
y el rumbo de mis golpes
siguió la blanca popa de tu miedo.

Así supieron todos
después de tu derrumbe en el recreo
las biabas que promete
mi zurda a los traidores del colegio.

LOS NIÑOS PRECOCES (por Manuel Mandeb)
Algunos chicos dan frutos tempranos, no lo niego.
Sus padres se enorgullecen y los exhiben entre sus familiares y conocidos, cuando no en el cine o la televisión.
Me atrevo a pensar -sin embargo- que no toda precocidad es auspiciosa. Empecemos por decir que existen adultos bondadosos, agudos, valerosos o geniales. Y que también los hay mediocres, hipócritas, pomposos y canallas. El niño precoz recibe la visita anticipada de ciertos rasgos de la adultez. Algunos tocan el piano como expertos profesionales, otros aprenden lenguas, dibujan o poseen la ciencia.
Pero hay chicos cuya precocidad consiste en adquirir antes de tiempo el tono vacío y protocolar de las conversaciones de sala de espera, y aprenden a los seis años la filosofía de los tontos satisfechos.
"Así anda el mundo, Doña Juana..." "Qué se gana discutiendo, Don José..." "Hablando se entiende la gente, Carlitos..."
También repiten el lenguaje de las revistas y hacen suyas las respuestas de los reportajes más vulgares.
Por cierto, mucha gente cree que ésa es la sabiduría, y yo digo que más sabios son los pibes indoctos que observan con repugnancia los diálogos de los parientes bien educados.
Ojalá surjan muchos niños prodigio que se apropien del genio con impaciencia.
Pero para ser un papanatas, me parece que no hay apuro.

EL NIÑO QUE FUE A MENOS
La señorita Claudia le pregunta a Ferro:
- ¿Quién fundó la ciudad de Asunción?
Ferro lo ignora y lo confiesa. La maestra intenta por otros rumbos.
- Tissot.
- No sé, señorita.
- Rossi.
Silencio. El ambiente se pone pesado porque quizá la señorita Claudia enseñó aquello el día anterior.
- Maldonado.
Nada. Claudia frunce el ceño y ensaya unos reproches generales.
Frezza, el tano Frezza, lo sabe de algun modo misterioso. Es extraño el camino que siguen las nociones: suelen alojarse donde menos se lo piensa.
- Nuñez. López. Dall'Asta.
Tampoco. Frezza espera, sobrador, sin levantar la mano. Cosa de manyaorejas, piensa.
La señorita Claudia se dirige a las niñas y pronuncia el nombre amado. Frezza está muy lejos para soplar y la morocha que lo enloquece no puede contestar.
De pronto, la maestra lo mira.
- Frezza. Y el niño taura, que tal vez necesita anotarse un poroto, se levanta, mira hacia el banco de la morocha y dice casi triunfal:
- No lo sé.
Si es que nadie lo sabe estará bien no saberlo. Frezza se sienta y se oye entonces, como en una horrible blasfemia, la voz de Campos, injuriosa:
- ¡Juan de Salazar!
Pasaron los años. La morocha no conoció el amor de Frezza ni tampoco su gesto elegante y generoso.
Si alguien califica estas lecciones en alguna Libreta Celeste, Frezza tendrá un nueve. Y si ni siquiera existe esa Libreta, entonces tendrá un diez.

UNA PELEA
Me empujaron a la salida. Hubo un tumulto blanco y después de una rápida investigación quedé frente a frente con Carlos.
- ¿Qué empujás?
Se formó una rueda. Alguien gritó:
- Fajálo...
Niñas aterrorizadas se sumaron al grupo.
Carlos se puso muy colorado. Manos crueles lo empujaron hacia mí.
Tito, falso caudillo y sujeto temido, me dijo:
- Dale... ¿O le tenés miedo?
Entonces le acomodé una piña y ahora ya sé que soy cobarde.

Tempranos Desengaños no fue aprobado por las autoridades escolares.
Puede afirmarse que pocos chicos lo leyeron.
Sin embargo, como si alguien les impartiera preceptos secretos, aún hoy, en el tiempo de Los Refutadores de Leyendas, hay niños que se siguen sentando en los últimos bancos y también hay hombres que lejos ya de la escuela se apartan de las ventajas y de las oportunidades fáciles.
A esos, a los del Fondo, a los que pudiendo sentarse en el primer banco lo rechazan, a los que no figuran como ejemplos en los libros de lectura, a los espíritus lunares, a los alumnos de coraje y honor que -según presiento- no leen obras como esta, a todos ellos -tardíamente- los abrazo ahora, cuando ya no me lo impiden las mezquindades que cargué en mi niñez.

viernes, 6 de marzo de 2009

EL REFLEJO

Esta vez uno de Sir Oscar Wilde q sospecho adjudica las virtudes y principalmente los defectos del hombre a personajes de la naturaleza o seres mitologicos para ayudarnos a percibir mejor estas caracteristicas. Como ya sabemos es mas facil ver estas cosas en un tercero y supongo q Wilde tambien queria cuidar un poco su ego.
EL REFLEJO

Cuando murió Narciso las flores de los campos quedaron desoladas y solicitaron al río gotas de agua para llorarlo.
-¡Oh! -les respondió el río- aun cuando todas mis gotas de agua se convirtieran en lágrimas, no tendría suficientes para llorar yo mismo a Narciso: yo lo amaba.
-¡Oh! -prosiguieron las flores de los campos- ¿cómo no ibas a amar a Narciso? Era hermoso.
-¿Era hermoso? -preguntó el río.
-¿Y quién mejor que tú para saberlo? -dijeron las flores-. Todos los días se inclinaba sobre tu ribazo, contemplaba en tus aguas su belleza...
-Si yo lo amaba -respondió el río- es porque, cuando se inclinaba sobre mí, veía yo en sus ojos el reflejo de mis aguas.

miércoles, 4 de marzo de 2009

MAGIA

Este es cortito, para los que compartimos la cena de los domingos viendo el programa del mago encapuchado q revela los trucos. Este cuento de Dolina puede ilustrar las reiteradas discusiones sobre la existencia de la magia y sobre el hobby de El Diego... LA INGENIERÍA.
A los q no están al tanto de lo mencionado anteriormente, atentos porq también es imagen extensible a la vida, busquen en cada oración, en cada actitud y en el sentimiento del mago y el de su publico la analogía con lo q cotidianamente nos pasa. Lo hacen cada vez q leen el Horóscopo no me digan q no pueden hacer la tarea con esto.
Tengo horas para charlar con el q quiera de estas pocas lineas del Negro Dolina.

Magia
El mago Rizzuto no conocía ningún truco. Su número era bien sencillo: golpeaba su galera con una varita azul y luego esperaba que apareciera una paloma. Naturalmente, la total ausencia de dobles fondos, de mangas hospitalarias y de juegos de manos conducía siempre al mismo resultado desalentador. La paloma no aparecía.
Rizzuto solía presentarse en teatros humildes y en festivales de barrio, de donde casi siempre lo echaban a patadas. La verdad es que el hombre creía en la magia, en la verdadera magia. Y en cada actuación, en cada golpe de su varita azul estaba la fervorosa esperanza de un milagro. Él no se contentaba con las técnicas del engaño. Quería que su paloma apareciera redondamente. Durante largo tiempo lo acompañaron la desilusión y los silbidos. Otro cualquiera hubiera abandonado la lucha. Pero Rizzuto confiaba.
Una noche se presentó en el club Fénix. Otros magos lo habían precedido. Cuando le llegó el turno, dio su clásico golpe con la varita azul. Y desde el fondo de la galera salió una paloma, una paloma blanca que voló hacia una ventana y se perdió en la noche. Apenas si lo aplaudieron. Las muchedumbres prefieren un arte hecho de trampas aparatosas a los milagros puros.
Rizzuto no volvió a los escenarios. Tal vez siga haciendo aparecer palomas en forma particular.

lunes, 2 de marzo de 2009

VIAJES

Cuando los famas salen de viaje, sus costumbres al pernoctar en una
ciudad son las siguientes: Un fama va al hotel y averigua cautelosamente
los precios, la calidad de las sábanas y el color de las alfombras. El segundo
se traslada a la comisaría y labra un acta declarando los muebles e
inmuebles de los tres, así como el inventario del contenido de sus valijas. El
tercer fama va al hospital y copia las listas de los médicos de guardia y sus
especialidades.
Terminadas estas diligencias, los viajeros se reunen en la plaza mayor
de la ciudad, se comunican sus observaciones, y entran en el café a beber un
aperitivo. Pero antes se toman de las manos y danzan en ronda. Esta danza
recibe el nombre de "Alegría de los Famas".
Cuando los cronopios van de viaje, encuentran los hoteles llenos, los
trenes ya se han marchado, llueve a gritos, y los taxis no quieren llevarlos o
les cobran precios altísimos. Los cronopios no se desaniman porque creen
firmemente que estas cosas les ocurren a todos, y a la hora de dormir se
dicen unos a otros: - La hermosa ciudad, la hermosísima ciudad-. Y sueñan
toda la noche que en la ciudad hay grandes fiestas y que ellos están
invitados. Al otro día se levantan contentísimos, y así es como viajan los
cronopios.
Las esperanzas, sedentarias, se dejan viajar por las cosas y los hombres,
y son como las estatuas que hay que ir a ver porque ellas no se molestan.

viernes, 27 de febrero de 2009

MACHINE GUN (versiones-vivo)

calentando motores... escuchemos-pensemos-hagamos-humildemente-eduquemos-minimamente-eficientemente-tolerantemente-sensillamente-grandilocuente-mente-ejemplifiquemos-ayudemos-seamos-maximamente-magnánimamente.



MACHINEGUN - LIVE GURTENFESTIVAL 2001

miércoles, 25 de febrero de 2009

EL CAMINANTE VI

Asombrar con gestos amorosos a una persona que nos rechaza es, ante todo, una grosería.
Así como el que confiesa sus secretos íntimos al compañero de asiento, como el que hace regalos demasiados caros, me postulé ante María. Ella, cuando se aseguró de mi completa obsesión, me despidió irrevocablemente.
Una vez cumplidas todas las maniobras de la indignidad, me encargue de manipular las cenizas de aquella historia para que parecieran restos de un gran amor.
Inventé un tiempo de plenitud que nunca existió. Me obligué a suponer que María me amaba pero se resistía a admitirlo, en virtud de vaya a saber que jarabes psicológicos. Se me puso en la cabeza que era buena. Puse en plural sensaciones que fueron solamente mías.
Una madrugada de octubre, volví a encontrarme con Dorkas. Marchaba, cosa infrecuente, con paso fatigado. Me dio la mano a la pasada.
- Gusto en verlo - le dije - Veo que sigue tan hechizado como siempre.
En silencio fue hasta la esquina y volvió.
- No crea. Me parece que ya cumplí los cinco encargos de los Brujos de Chiclana. El licor, la entrada del infierno, la cigarrera. el enamorado.....
- ¡ Objeción ! - le grite - Yo estoy enamorado, pero no de la Bruja, sino de María.
- Todas las mujeres que lo rechazan a uno son La Bruja.
- Usted llegó a sugerir que María es el diablo.
- Todas las mujeres que lo rechazan a uno son el diablo.
- Usted parece pensar que toda frase sonora es verdadera. Además, si no calculo mal, le falta estrechar la mano de Manuel Mandeb.
- Acabo de hacerlo - dijo Dorkas - Usted no me engaña. En este barrio todos conocen las historias de Mandeb, pero nadie lo ha visto jamás. Usted es Manuel Mandeb. Usted es Jorge Allen. Usted es Salzman y Castagnino. Usted quisiera ser filósofo, ser poeta, ser músico, ser jugador, pero apenas si se atreve a contar historias, dándose aires de no creerlas del todo.
- Esa es otra de sus alegorías. Claro que en cierto modo soy Mandeb como en cierto modo soy la emperatriz de Bizancio. Pero, según se ve, los brujos de Chiclana no se contentan con metáforas. Usted no cumplió.
- Le aseguro que cumplí.
- Y entonces, si ya rompió el hechizo, ¿ por qué no se detiene ?
Dorkas empezó a pisar más fuerte que nunca.
- Hay algo que usted debe saber: todos estamos condenados a un hechizo cósmico. El universo es irremediablemente fugitivo. Nadie puede detenerse. Salvo que usted sea tan estúpido como para creer que detenerse es esto.
Y se plantó, firme como una estatua, delante de mí.

martes, 24 de febrero de 2009

FUNES EL MEMORIOSO

Los q debaten sobre los beneficios del recuerdo eterno, un caso extremo para ilustrar esa posicion y un respiro para los dichosos olvidadizos, distraidos y vagabundos del tiempo. Cuidado con las percepciones q nos dan la posibilidad de interminables charlas sobre sucesos exactamente iguales y hasta vividos simultáneamente y nos sirven como entrenamiento mental. Ya se daran cuenta cual es mi posicion en esta cuestion pero veamos de la mano del gran Borges q camiseta agarran Uds.

FUNES EL MEMORIOSO

Lo recuerdo (yo no tengo derecho a pronunciar ese verbo sagrado, sólo un hombre en la tierra tuvo derecho y ese hombre ha muerto) con una oscura pasionaria en la mano, viéndola como nadie la ha visto, aunque la mirara desde el crepúsculo del día hasta el de la noche, toda una vida entera. Lo recuerdo, la cara taciturna y aindiada y singularmente remota, detrás del cigarrillo. Recuerdo (creo) sus manos afiladas de trenzado. Recuerdo cerca de esas manos un mate, con las armas de la Banda Oriental; recuerdo en la ventana de la casa una estera amarilla, con un vago paisaje lacustre. Recuerdo claramente su voz; la voz pausada, resentida y nasal del orillero antiguo, sin los silbidos italianos de ahora. Más de tres veces no lo vi; la última, en 1887...
Me parece muy feliz el proyecto de que todos aquellos que lo trataron escriban sobre él; mi testimonio será acaso el más breve y sin duda el más pobre, pero no el menos imparcial del volumen que editarán ustedes. Mi deplorable condición de argentino me impedirá incurrir en el ditirambo -género obligatorio en el Uruguay, cuando el tema es un uruguayo. Literato, cajetilla, porteño; Funes no dijo esas injuriosas palabras, pero de un modo suficiente me consta que yo representaba para él esas desventuras. Pedro Leandro Ipuche ha escrito que Funes era un precursor de los superhombres, "un Zarathustra cimarrón y vernáculo "; no lo discuto, pero no hay que olvidar que era también un compadrito de Fray Bentos, con ciertas incurables limitaciones.
Mi primer recuerdo de Funes es muy perspicuo. Lo veo en un atardecer de marzo o febrero del año 84. Mi padre, ese año, me había llevado a veranear a Fray Bentos. Yo volvía con mi primo Bernardo Haedo de la estancia de San Francisco. Volvíamos cantando, a caballo, y ésa no era la única circunstancia de mi felicidad. Después de un día bochornoso, una enorme tormenta color pizarra había escondido el cielo. La alentaba el viento del Sur, ya se enloquecían los árboles; yo tenía el temor (la esperanza) de que nos sorprendiera en un descampado el agua elemental. Corrimos una especie de carrera con la tormenta. Entramos en un callejón que se ahondaba entre dos veredas altísimas de ladrillo. Había oscurecido de golpe; oí rápidos y casi secretos pasos en lo alto; alcé los ojos y vi un muchacho que corría por la estrecha y rota vereda como por una estrecha y rota pared. Recuerdo la bombacha, las alpargatas, recuerdo el cigarrillo en el duro rostro, contra el nubarrón ya sin límites. Bernardo le gritó imprevisiblemente: "¿Qué horas son, Ireneo?". Sin consultar el cielo, sin detenerse, el otro respondió: "Faltan cuatro minutos para las ocho, joven Bernardo Juan Francisco". La voz era aguda, burlona. Yo soy tan distraído que el diálogo que acabo de referir no me hubiera llamado la atención si no lo hubiera recalcado mi primo, a quien estimulaban (creo) cierto orgullo local, y el deseo de mostrarse indiferente a la réplica tripartita del otro.Me dijo que el muchacho del callejón era un tal Ireneo Funes, mentado por algunas rarezas como la de no darse con nadie y la de saber siempre la hora, como un reloj. Agregó que era hijo de una planchadora del pueblo, María Clementina Funes, y que algunos decían que su padre era un médico del saladero, un inglés O'Connor, y otros un domador o rastreador del departamento del Salto.
Vivía con su madre, a la vuelta de la quinta de los Laureles. Los años 85 y 86 veraneamos en la ciudad de Montevideo. El 87 volví a Fray Bentos. Pregunté, como es natural, por todos los conocidos y, finalmente, por el "cronométrico Funes". Me contestaron que lo había volteado un redomón en la estancia de San Francisco, y que había quedado tullido, sin esperanza. Recuerdo la impresión de incómoda magia que la noticia me produjo: la única vez que yo lo vi, veníamos a caballo de San Francisco y él andaba en un lugar alto; el hecho, en boca de mi primo Bernardo, tenía mucho de sueño elaborado con elementos anteriores. Me dijeron que no se movía del catre, puestos los ojos en la higuera del fondo o en una telaraña. En los atardeceres, permitía que lo sacaran a la ventana. Llevaba la soberbia hasta el punto de simular que era benéfico el golpe que lo había fulminado... Dos veces lo vi atrás de la reja, que burdamente recalcaba su condición de eterno prisionero: una, inmóvil, con los ojos cerrados; otra, inmóvil también, absorto en la contemplación de un oloroso gajo de santonina. No sin alguna vanagloria yo había iniciado en aquel tiempo el estudio metódico del latín. Mi valija incluía el De viris illustribus de Lhomond, el Thesaurus de Quicherat, los Comentarios de Julio César y un volumen impar de la Naturalis historia de Plinio, que excedía (y sigue excediendo) mis módicas virtudes de latinista. Todo se propala en un pueblo chico; Ireneo, en su rancho de las orillas, no tardó en enterarse del arribo de esos libros anómalos. Me dirigió una carta florida y ceremoniosa, en la que recordaba nuestro encuentro, desdichadamente fugaz, "del día 7 de febrero del año 84", ponderaba los gloriosos servicios que don Gregorio Haedo, mi tío, finado ese mismo año, "había prestado a las dos patrias en la valerosa jornada de Ituzaingó ", y me solicitaba el préstamo de cualquiera de los volúmenes, acompañado de un diccionario "para la buena inteligencia del texto original, porque todavía ignoro el latín". Prometía devolverlos en buen estado, casi inmediatamente. La letra era perfecta, muy perfilada; la ortografía, del tipo que Andrés Bello preconizó: i por y, f por g. Al principio, temí naturalmente una broma. Mis primos me aseguraron que no, que eran cosas de Ireneo. No supe si atribuir a descaro, a ignorancia o a estupidez la idea de que el arduo latín no requería más instrumento que un diccionario; para desengañarlo con plenitud le mandé el Gradus ad Parnassum de Quicherat y la obra de Plinio.
El 14 de febrero me telegrafiaron de Buenos Aires que volviera inmediatamente, porque mi padre no estaba "nada bien". Dios me perdone; el prestigio de ser el destinatario de un telegrama urgente, el deseo de comunicar a todo Fray Bentos la contradicción entre la forma negativa de la noticia y el perentorio adverbio, la tentación de dramatizar mi dolor, fingiendo un viril estoicismo, tal vez me distrajeron de toda posibilidad de dolor. Al hacer la valija, noté que me faltaban el Gradus y el primer tomo de la Naturalis historia. El "Saturno" zarpaba al día siguiente, por la mañana; esa noche, después de cenar, me encaminé a casa de Funes. Me asombró que la noche fuera no menos pesada que el día. En el decente rancho, la madre de Funes me recibió. Me dijo que Ireneo estaba en la pieza del fondo y que no me extrañara encontrarla a oscuras, porque ireneo sabía pasarse las horas muertas sin encender la vela. Atravesé el patio de baldosa, el corredorcito; llegué al segundo patio. Había una parra; la oscuridad pudo parecerme total. Oí de pronto la alta y burlona voz de Ireneo. Esa voz hablaba en latín; esa voz (que venía de la tiniebla) articulaba con moroso deleite un discurso o plegaria o incantación. Resonaron las sílabas romanas en el patio de tierra; mi temor las creía indescifrables, interminables; después, en el enorme diálogo de esa noche, supe que formaban el primer párrafo del capítulo xxiv del libro vii de la Naturalis historia. La materia de ese capítulo es la memoria; las palabras últimas fueron ut nihil non iisdern verbis redderetur audíturn.
Sin el menor cambio de voz, Ireneo me dijo que pasara. Estaba en el catre, fumando. Me parece que no le vi la cara hasta el alba; creo rememorar el ascua momentánea del cigarrillo. La pieza olía vagamente a humedad. Me senté; repetí la historia del telegrama y de la enfermedad de mi padre. Arribo, ahora, al más difícil punto de mi relato. Éste (bueno es que ya lo sepa el lector) no tiene otro argumento que ese diálogo de hace ya medio siglo. No trataré de reproducir sus palabras, irrecuperables ahora. Prefiero resumir con veracidad las muchas cosas que me dijo Ireneo. El estilo indirecto es remoto y débil; yo sé que sacrifico la eficacia de mi relato; que mis lectores se imaginen los entrecortados períodos que me abrumaron esa noche.
Ireneo empezó por enumerar, en latín y español, los casos de memoria prodigiosa registrados por la Naturalis historia: Ciro, rey de los persas, que sabía llamar por su nombre a todos los soldados de sus ejércitos; Mitrídates Eupator, que administraba la justicia en los veintidós idiomas de su imperio; Simónides, inventor de la mnemotecnia; Metrodoro, que profesaba el arte de repetir con fidelidad lo escuchado una sola vez. Con evidente buena fe se maravilló de que tales casos maravillaran. Me dijo que antes de esa tarde lluviosa en que lo volteó el azulejo, él había sido lo que son todos los cristianos: un ciego, un sordo, un abombado, un desmemoriado. (Traté de recordarle su percepción exacta del tiempo, su memoria de nombres propios; no me hizo caso.) Diecinueve años había vivido como quien sueña: miraba sin ver, oía sin oír, se olvidaba de todo, de casi todo. Al caer, perdió el conocimiento; cuando lo recobró, el presente era casi intolerable de tan rico y tan nítido, y también las memorias más antiguas y más triviales. Poco después averiguó que estaba tullido. El hecho apenas le interesó. Razonó (sintió) que la inmovilidad era un precio mínimo. Ahora su percepción y su memoria eran infalibles.
Nosotros, de un vistazo, percibimos tres copas en una mesa; Funes, todos los vástagos y racimos y frutos que comprende una parra. Sabía las formas de las nubes australes del amanecer del 30 de abril de 1882 y podía compararlas en el recuerdo con las vetas de un libro en pasta española que sólo había mirado una vez y con las líneas de la espuma que un remo levantó en el Río Negro la víspera de la acción del Quebracho. Esos recuerdos no eran simples; cada imagen visual estaba ligada a sensaciones musculares, térmicas, etcétera. Podía reconstruir todos los sueños, todos los entre sueños.
Dos o tres veces había reconstruido un día entero; no había dudado nunca, pero cada reconstrucción había requerido un día entero. Me dijo: "Más recuerdos tengo yo solo que los que habrán tenido todos los hombres desde que el mundo es mundo". Y también: "Mis sueños son como la vigilia de ustedes". Y también, hacia el alba: "Mi memoria, señor, es como vaciadero de basuras". Una circunferencia en un pizarrón, un triángulo rectángulo, un rombo, son formas que podemos intuir plenamente; lo mismo le pasaba a Ireneo con las aborrascadas crines de un potro, con una punta de ganado en una cuchilla, con el fuego cambiante y con la innumerable ceniza, con las muchas caras de un muerto en un largo velorio. No sé cuántas estrellas veía en el cielo.
Esas cosas me dijo; ni entonces ni después las he puesto en duda. En aquel tiempo no había cinematógrafos ni fonógrafos; es, sin embargo, inverosímil y hasta increíble que nadie hiciera un experimento con Funes. Lo cierto es que vivimos postergando todo lo postergable; tal vez todos sabemos profundamente que somos inmortales y que tarde o temprano, todo hombre hará todas las cosas y sabrá todo. La voz de Funes, desde la oscuridad, seguía hablando. Me dijo que hacia 1886 había discurrido un sistema original de numeración y que en muy pocos días había rebasado el veinticuatro mil. No lo había escrito, porque lo pensado una sola vez ya no podía borrársele.
Su primer estímulo, creo, fue el desagrado de que los treinta y tres orientales requirieran dos signos y tres palabras, en lugar de una sola palabra y un solo signo. Aplicó luego ese disparatado principio a los otros números. En lugar de siete mil trece, decía (por ejemplo) Máximo Pérez; en lugar de siete mil catorce, El Ferrocarril; otros números eran Luis Melián Lafinur, Olimar, azufre, los bastos, la ballena, el gas, la caldera, Napoléon, Agustín de Vedía. En lugar de quinientos, decía nueve. Cada palabra tenía un signo particular, una especie de marca; las últimas eran muy complicadas... Yo traté de explicarle que esa rapsodia de voces inconexas era precisamente lo contrario de un sistema de numeración. Le dije que decir 365 era decir tres centenas, seis decenas, cinco unidades: análisis que no existe en los "números" El Negro Timoteo o manta de carne. Funes no me entendió o no quiso entenderme. Locke, en el siglo xvii, postuló (y reprobó) un idioma imposible en el que cada cosa individual, cada piedra, cada pájaro y cada rama tuviera un nombre propio; Funes proyectó alguna vez un idioma análogo, pero lo desechó por parecerle demasiado general, demasiado ambiguo. En efecto, Funes no sólo recordaba cada hoja de cada árbol de cada monte, sino cada una de las veces que la había percibido o imaginado. Resolvió reducir cada una de sus jornadas pretéritas a unos setenta mil recuerdos, que definiría luego por cifras. Lo disuadieron dos consideraciones: la conciencia de que la tarea era interminable, la conciencia de que era inútil. Pensó que en la hora de la muerte no habría acabado aún de clasificar todos los recuerdos de la niñez.Los dos proyectos que he indicado (un vocabulario infinito para la serie natural de los números, un inútil catálogo mental de todas las imágenes del recuerdo) son insensatos, pero revelan cierta balbuciente grandeza. Nos dejan vislumbrar o inferír el vertiginoso mundo de Funes. Éste, no lo olvidemos, era casi incapaz de ideas generales, platónicas. No sólo le costaba comprender que el símbolo genérico perro abarcara tantos individuos dispares de diversos tamaños y diversa forma; le molestaba que el perro de las tres y catorce (visto de perfil) tuviera el mismo nombre que el perro de las tres y cuarto (visto de frente). Su propia cara en el espejo, sus propias manos, lo sorprendían cada vez. Refiere Swift que el emperador de Lilliput discernía el movimiento del minutero; Funes discernía continuamente los tranquilos avances de la corrupción, de las caries, de la fatiga. Notaba los progresos de la muerte, de la humedad. Era el solitario y lúcido espectador de un mundo multiforme, instantáneo y casi intolerablemente preciso. Babilonia, Londres y Nueva York han abrumado con feroz esplendor la imaginación de los hombres; nadie, en sus torres populosas o en sus avenidas urgentes, ha sentido el calor y la presión de una realidad tan infatigable como la que día y noche convergía sobre el infeliz Ireneo, en su pobre arrabal sudamericano. Le era muy difícil dormir. Dormir es distraerse del mundo; Funes, de espaldas en el catre, en la sombra, se figuraba cada grieta y cada moldura de las casas precisas que lo rodeaban. (Repito que el menos importante de sus recuerdos era más minucioso y más vivo que nuestra percepción de un goce físico o de un tormento físico.) Hacia el Este, en un trecho no amanzanado, había casas nuevas, desconocidas. Funes las imaginaba negras, compactas, hechas de tiniebla homogénea; en esa dirección volvía la cara para dormir. También solía imaginarse en el fondo del río, mecido y anulado por la corriente.
Había aprendido sin esfuerzo el inglés, el francés, el portugués, el latín. Sospecho, sin embargo, que no era muy capaz de pensar. Pensar es olvidar diferencias, es generalizar, abstraer. En el abarrotado mundo de Funes no había sino detalles, casi inmediatos. La recelosa claridad de la madrugada entró por el patio de tierra.Entonces vi la cara de la voz que toda la noche había hablado. Ireneo tenía diecinueve años; había nacido en 1868; me pareció monumental como el bronce,más antiguo que Egipto, anterior a las profecías y a las pirámides. Pensé que cada una de mis palabras (que cada uno de mis gestos) perduraría en su implacable memoria; me entorpeció el temor de multiplicar ademanes inútiles.
Ireneo Funes murió en 1889, de una congestión pulmonar.

lunes, 23 de febrero de 2009

EL CAMINANTE V

Recién en el otoño volví a ver a la mujer de la calle Bogotá. Salía al caer la noche y yo caminaba a su lado trenzando frases ingeniosas hasta que ella me pedía explícitamente que la dejara en paz. Por fin, al cabo de largas semanas de humillación, conseguí que se sentara conmigo en un banco de la estación de Flores. Supe su nombre: María. Casi no me dijo otra cosa. Me escucho distraídamente durante algunos minutos y después se fue.
A partir de entonces mi guardia frente a la casa se hizo perpetua. La acechaba sin disimulo. Gracias a mi pertinencia pude lograr que aceptara modestas invitaciones. Al menos una vez por semana, nos sentábamos a conversar.
Ella advirtió inmediatamente que tenía poder sobre mí. Y encontró solaz ejerciéndolo.
Solía indagar con fervor la naturaleza de mis sentimientos, empujándome a la confesión. Fingía dudar de mi sinceridad y me obligaba a la promesa y al juramento. Entonces, cuando yo esperaba la revelación de su amor, cuando yo creía que iba a besarme me hablaba de otros hombres o de asuntos sin importancia o se iba.
En mi estupidez, insistía en hacer ostensible mi desesperación. Me le mostraba tétrico, vencido. Coqueteaba con mi desdicha y lucía ese ingenio resentido de los que creen que su fracaso es injusto.
Cuando María calculaba que mis fuerzas se iban agotando, encendía mi esperanza con mínimas señales de afecto. El sólo roce de su mano me ilusionaba de un modo vergonzoso. Los pocos amigos que aún me quedaban debían soportar tediosos informes sobre el asunto.
Una tarde de invierno yo vigilaba bajo la lluvia. Hacia semanas que no veía a María. Estaba sucio y mal dormido. Temblando de frío, murmuraba, a modo de ensayo, unos reproches siniestros que venía preparando. Tamas Dorkas llegó gambeteando baldosas flojas.
- Ya está. El cuarto milagro está cumplido. Encontré a un hombre que ama a la hechicera más que yo.
- ¿ Y quién es ese estúpido?
- Usted.

viernes, 20 de febrero de 2009

WOODSTOCK 69

Imagenes del festival Woodstock de 1969 y una pequeña reseña:

Woodstock ha sido el mayor festival de música y arte de la historia, se celebró en el poblado de Bethel, New York, entre el 15 y el 18 de agosto de 1969, congregó a unos 400.000 espectadores, 340.000 más de los que esperaba la organización, y se estima que 250.000 no pudieron llegar. La magnitud del festival es impresionante para la época, basta decir que el mayor festival nacional en la actualidad, el FIB Heineken, congrega cada año a unos 50.000 espectadores en Benicassim.
Woodstock es el icono de una generación, los miles de jóvenes que asistieron hicieron realidad sus ideales de paz y amor libre, mostrando su rechazo al sistema. Los chicos llevaban melena y amuletos, las chicas faldas de colores. Durante el festival se vivieron intensas noches de sexo, drogas y rock and roll.
Los asistentes fueron la confirmación de un movimiento que cambió una sociedad norteamericana hastiada de las guerras, que pregonaba la paz y el amor como forma de vida, un movimiento llamado de forma despectiva Hippie (que es una variante de hipster, "el que siempre quiere estar al paso de las últimas tendencias") Los asistentes fueron los verdaderos exponentes del "Flower Power". Una tendencia que aún hoy es vivida por muchos jóvenes y adultos.
El Festival congregó grandes artistas de la época y confirmó a algunos desconocidos que en poco tiempo se convirtieron en verdaderas estrellas como es el caso de Joe Cocker y Santana. Los grandes conciertos del festival estuvieron protagonizados por The Who, Jimi Hendrix, Janis Joplin, Bob Dylan y Blood, entre muchos más grupos y artistas. Un año más tarde morían de sobredosis de heroína los mitos Hendrix y Joplin, por lo que el Woodstock fue el último gran concierto de estos artistas.


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