martes, 25 de mayo de 2010

ARRIBA GUSTAVO

Un toque de energía desde este rincón de la web para que los pocos que visitan este lugar, me acompañen con el deseo de que el maestro Gustavo Ceratti vuelva a hacernos dignos de su arte.

BAJAN


TE PARA TRES

jueves, 20 de mayo de 2010

LINIERS, EL TRAZO SIMPLE DE LAS COSAS

Un dato para todos los que extienden el fin de semana largo y puedan estar en Buenos Aires, una oportunidad que merece el infierno quien se la pierda.

LINIERS, EL TRAZO SIMPLE DE LAS COSAS es un documental de Franca González sobre Liniers, el talentoso historietista creador de Macanudo. Un film sobre todo lo que puede conseguir la fuerza de un deseo.

JUEVES 27 de mayo - 21hs - MALBA CINE - Av. Figueroa Alcorta 3415

Las entradas se pueden adquirir en Cine Ojo de lunes a viernes de 15 a 18hs.
Lavalle 1619 3ºD. Cap. Fed. / Tel. 4371-6449
Valor: $50.- CAPACIDAD LIMITADA

La entrada al cine incluye la entrega de un ejemplar de MACANUDO.
Luego de la proyección se llevará a cabo un brindis junto a quienes participaron en la realización de la película y a Liniers, quien, entre copa y copa, charlará tranquilamente con el público.


TRILLER

martes, 18 de mayo de 2010

BETTY BLUE (37º2 Le Martin)

Una noche de esas que acostumbraba a entrar solo al cine, entre algunos bodrios pero mas hallazgos me tope con esta película francesa que me cargo una energía muy linda y loca y me hubiese encantado llenar la sala de mis allegados mas queridos.
Abajo les dejo algunas de las escenas mas lindas de la peli para los que no se tomen el trabajo de buscarla.





ESCENAS



jueves, 13 de mayo de 2010

EL CUARTO DOBLE

En la mítica ciudad del Cuzco, algunas rondas de happy-hours en el cosmopolita bar de un hostel, derivaron en una ridícula discusión futbolera sobre escritores argentinos y franceses. Obviamente el debate no cabía en la definición de dialogo y quizá ni siquiera podríamos llamarle comunicación, puesto que los factores jugaban todos en contra: la música fuerte, los etílicos campanazos del happy-hour, el constante desfile de piernas sobre la barra, la mutua ignorancia de la lengua de los interlocutores y hasta los fines concretos de la infructuosa discusión que simplemente buscaba arrimar el bochín con las ya vulnerables parisinas.

Los breves recuerdos me llevaron a investigar sobre nombres que todavía no conocía y rescate una recomendación que encontré en un arrugado folleto, y es lo que hoy les envío para ver si a miles de kilómetros y con el tiempo vencido, podemos resolver juntos aquella discusión.

EL CUARTO DOBLE

- CHARLES BAUDELAIRE -

Un cuarto que parece un desvarío, un cuarto verdaderamente espiritual, donde la atmósfera estancada está ligeramente teñida de rosa y de azul.

El alma allí toma un baño de pereza, aromatizado por el remordimiento y el deseo. Hay algo de crepuscular, de azulado y de rosado, un delirio de deleite durante un eclipse.

Los muebles tienen formas alargadas, postradas, lánguidas. Los muebles tienen aire de soñar; se dirá dotados de una vida sonámbula, como lo vegetal y lo mineral. Las materias hablan una lengua muerta como las flores, como los cielos, como los soles ponientes.

Sobre los muros ninguna abominación artística. Relativamente al sueño puro, a la impresión sin analizar, el arte definido, el arte positivo es una blasfemia. Así, todo tiene la suficiente claridad y la deliciosa obscuridad de la armonía.

Un aroma infinitesimal de la elección más esquisita, a la que se mezcla una muy ligera humedad, nace en esta atmósfera donde el espíritu durmiente es mecido por sensaciones de sofocación.

La muselina cae abundantemente delante de las ventanas y delante de la cama; se expande en cascadas nevosas. Sobre esa cama está acostado el Idolo, la soberana de los sueños. ¿Pero cómo está ella ahí? ¿Quién la ha traído? ¿Qué poder mágico la ha instalado sobre ese trono de desvarío y deleite? ¡Qué importa! ¡Allá está! Yo la reconozco.

Vean bien esos ojos cuya llama atraviesa el crepúsculo; esos sutiles y terribles mirones, que reconozco por su tremenda malicia! Atraen, subyugan, devoran la mirada del imprudente que los contempla. Frecuentemente los he estudiado, esas estrellas negras que comandan la curiosidad y la admiración..

¿A qué demonio benevolente debo el estar así rodeado de misterio, de silencio, de paz y de perfumes? ¡Oh Beatitud! Eso que nombramos generalmente la vida, aún en su expansión más feliz, no tiene nada en común con esa vida suprema de la que ahora tengo conocimiento y que saboreo minuto por minuto, segundo por segundo.

¡No! ¡No hay más minutos! ¡No hay más segundos! El tiempo ha desaparecido: es la Eternidad que reina, una eternidad de delicias.

Pero un golpe terrible, torpe, resuena en la puerta, y , como en los sueños infernales, me ha parecido que recibía un golpe de azadón en el estómago.

Y luego un Espectro ha entrado. Es un oficial que viene a torturarme en nombre de la ley; una infame concubina que viene a gritar miseria y a agregar las trivialidades de su vida a los dolores de la mía; o bien el testaferro de un director de diario que reclama el término de un manuscrito.

El cuarto paradisíaco, el ídolo, la soberana de los sueños, la Sílfida, como decía el gran René, toda esa magia ha desaparecido al golpe brutal asestado por el Espectro.

¡Horror! ¡Me acuerdo! ¡Me acuerdo! ¡Sí! Esa choza, esa estancia del eterno tedio, es bien la mía.

He aquí los muebles fatuos, polvorientos, descornados; la chimenea sin llama y sin brasa, manchada de escupidas; las ventanas tristes donde la lluvia ha trazado surcos en la polvareda; los manuscritos, tachados o incompletos; el almanaque donde el crayon ha marcado las fechas siniestras!

Y ese perfume de otro mundo, en el que me embriago con una sensibilidad perfeccionada, ay!

Ha sido reemplazado por un fétido olor a tabaco mezclado con no sé qué nauseabundo moho.

Se respira aquí ahora lo rancio de la desolación.

En ese mundo estrecho, más sí pleno de disgusto, un solo objeto conocido me sonríe: el frasco del láudano; un viejo y terrible amigo; como todos los amigos, ay! fecundo en caricias y en traiciones.

¡Oh! ¡Sí! El Tiempo ha reparado; el Tiempo reina soberano ahora; y con el horroroso viejo ha vuelto todo su demoníaco cortejo de Recuerdos, de Remordimientos, de Espasmos, de Pavor, de Angustias, de Pesadilla, de Cóleras y de Neurosis.

Yo les aseguro que los segundos ahora están fuertemente y solemnemente acentuados, y cada uno, saltando del péndulo, dice: "¡Yo soy la Vida, la insoportable, la implacable Vida!"

No hay más que un Segundo en la vida humana que tenga la misión de anunciar una buena nueva, la buena nueva que causa a cada uno un inexplicable pavor.

¡Sí! El Tiempo reina: ha retomado su brutal dictadura. Y me empuja con su doble aguijón. —" ¡Y arre así! ¡borrico! ¡Suda así, esclavo!, ¡Vive así , maldito!

Notas Traductor

- "un rêve de volupté" en el original. Siendo que voluptuosidad es una palabra de gran longitud decidí reemplazarla por deleite y trocar así el juego de repetición de la "v" a la "d" ya que rêve (sueño) ha sido traducido por delirio ( para que siga jugando con rêverie, más arriba, traducido por desvarío).

- Huissier: portero en los tribunales/pertiguero/bedel/ alguacil.

- Saute-ruisseau: lit: salta-arroyo.

- Donc no tiene una traducción precisa. Generalmente es un enfático. Aquí elegí traducirlo por "así" para sugerir otra opción —la opción "doble" arrebatada en el final.



miércoles, 5 de mayo de 2010

AXOLOTL

Algunas obsesiones son tan peligrosas como el poder de nuestra propia mente.
Mas si tuviese que pasarme años mirandolo o convertirme al hinduismo para reencarnar en alguna de mis posteriores vidas en uno de ellos, lo haría sin problemas si un día me paseara cual Hanno, el elefante blanco que entró triunfal al vaticano conquistando el renacimiento, por la sabana africana, y por que no, con la conciencia de los hombres y la memoria de estas bestias hacer algunas travesuras por poblados mas civilizados.

- HB -

AXOLOTL
- JULIO CORTAZAR -

Hubo un tiempo en que yo pensaba mucho en los axolotl. Iba a verlos al acuario del Jardín des Plantes y me quedaba horas mirándolos, observando su inmovilidad, sus oscuros movimientos. Ahora soy un axolotl.

El azar me llevó hasta ellos una mañana de primavera en que París abría su cola de pavo real después de la lenta invernada. Bajé por el bulevar de Port Royal, tomé St. Marcel y L’Hôpital, vi los verdes entre tanto gris y me acordé de los leones. Era amigo de los leones y las panteras, pero nunca había entrado en el húmedo y oscuro edificio de los acuarios. Dejé mi bicicleta contra las rejas y fui a ver los tulipanes. Los leones estaban feos y tristes y mi pantera dormía. Opté por los acuarios, soslayé peces vulgares hasta dar inesperadamente con los axolotl. Me quedé una hora mirándolos, y salí incapaz de otra cosa.

En la biblioteca Saint-Geneviève consulté un diccionario y supe que los axolotl son formas larvales, provistas de branquias, de una especie de batracios del género amblistoma. Que eran mexicanos lo sabía ya por ellos mismos, por sus pequeños rostros rosados aztecas y el cartel en lo alto del acuario. Leí que se han encontrado ejemplares en África capaces de vivir en tierra durante los períodos de sequía, y que continúan su vida en el agua al llegar la estación de las lluvias. Encontré su nombre español, ajolote, la mención de que son comestibles y que su aceite se usaba (se diría que no se usa mas) como el de hígado de bacalao.

No quise consultar obras especializadas, pero volví al día siguiente al Jardin des Plantes. Empecé a ir todas las mañanas, a veces de mañana y de tarde. El guardián de los acuarios sonreía perplejo al recibir el billete. Me apoyaba en la barra de hierro que bordea los acuarios y me ponía a mirarlos. No hay nada de extraño en esto porque desde un primer momento comprendí que estábamos vinculados, que algo infinitamente perdido y distante seguía sin embargo uniéndonos. Me había bastado detenerme aquella primera mañana ante el cristal donde unas burbujas corrían en el agua. Los axolotl se amontonaban en el mezquino y angosto (solo yo puedo saber cuan angosto y mezquino) piso de piedra y musgo del acuario. Había nueve ejemplares y la mayoría apoyaba la cabeza contra el cristal, mirando con sus ojos de oro a los que se acercaban. Turbado, casi avergonzado, sentí como una impudicia asomarme a esas figuras silenciosas e inmóviles aglomeradas en el fondo del acuario. Aislé mentalmente una situada a la derecha y algo separada de las otras para estudiarla mejor. Vi un cuerpecito rosado y como translúcido (pensé en las estatuillas chinas de cristal lechoso), semejante a un pequeño lagarto de quince centímetros, terminado en una cola de pez de una delicadeza extraordinaria, la parte mas sensible de nuestro cuerpo. Por el lomo le corría una aleta transparente que se fusionaba con la cola, pero lo que me obsesionó fueron las patas, de una finura sutilísima, acabadas en menudos dedos, en uñas minuciosamente humanas. Y entonces descubrí sus ojos, su cara, dos orificios como cabezas de alfiler, enteramente de un oro transparente carentes de toda vida pero mirando, dejándose penetrar por mi mirada que parecía pasar a través del punto áureo y perderse en un diáfano misterio interior. Un delgadísimo halo negro rodeaba el ojo y los inscribía en la carne rosa, en la piedra rosa de la cabeza vagamente triangular pero con lados curvos e irregulares, que le daban una total semejanza con una estatuilla corroída por el tiempo. La boca estaba disimulada por el plano triangular de la cara, solo de perfil se adivinaba su tamaño considerable; de frente una fina hendedura rasgaba apenas la piedra sin vida. A ambos lados de la cabeza, donde hubieran debido estar las orejas, le crecían tres ramitas rojas como de coral, una excrescencia vegetal, las branquias supongo. Y era lo único vivo en él, cada diez o quince segundos las ramitas se enderezaban rígidamente y volvían a bajarse. A veces una pata se movía apenas, yo veía los diminutos dedos posándose con suavidad en el musgo. Es que no nos gusta movernos mucho, y el acuario es tan mezquino, apenas avanzamos un poco nos damos con la cola o la cabeza de otro de nosotros; surgen dificultades peleas fatiga. El tiempo se siente menos si nos estamos quietos.

Fue su quietud la que me hizo inclinarme fascinado la primera vez que vi a los axolotl. Oscuramente me pareció comprender su voluntad secreta, abolir el espacio y el tiempo con una inmovilidad indiferente. Después supe mejor, la contracción de las branquias, el tanteo de las finas patas en las piedras, la repentina natación (algunos de ellos nadan con la simple ondulación del cuerpo) me probó que eran capaz de evadirse de ese sopor mineral en el que pasaban horas enteras. Sus ojos sobre todo me obsesionaban. Al lado de ellos en los restantes acuarios, diversos peces me mostraban la simple estupidez de sus hermosos ojos semejantes a los nuestros. Los ojos de los axolotl me decían de la presencia de una vida diferente, de otra manera de mirar. Pegando mi cara al vidrio (a veces el guardián tosía inquieto) buscaba ver mejor los diminutos puntos áureos, esa entrada al mundo infinitamente lento y remoto de las criaturas rosadas. Era inútil golpear con el dedo en el cristal, delante de sus caras no se advertía la menor reacción. Los ojos de oro seguían ardiendo con su dulce, terrible luz, seguían mirándome desde una profundidad insondable que me daba vértigo.

Y sin embargo estaban cerca. Lo supe antes de esto, antes de ser un axolotl. Lo supe el día en que me acerqué a ellos por primera vez. Los rasgos antropomórficos de un mono revelan, al revés de lo que cree la mayoría, la distancia que va de ellos a nosotros. La absoluta falta de semejanza de los axolotl con el ser humano me probó que mi reconocimiento era válido que no me apoyaba en analogías fáciles. Solo las manecitas... Pero una lagartija tiene también manos así, y en nada se nos parece. Yo creo que era la cabeza de los axolotl, esa forma triangular rosada con los ojitos de oro. Eso miraba y sabía. Eso reclamaba. No eran animales.

Parecía fácil casi obvio, caer en la mitología. Empecé viendo en los axolotl una metamorfosis que no conseguía anular una misteriosa humanidad. Los imaginé conscientes, esclavos de su cuerpo, infinitamente condenados a un silencio abisal, a una reflexión desesperada. Su mirada ciega, el diminuto disco de oro inexpresivo y sin embargo terriblemente lúcido, me penetraba como un mensaje: «Sálvanos, sálvanos». Me sorprendía musitando palabras de consuelo, transmitiendo pueriles esperanzas. Ellos seguían mirándome inmóviles, de pronto las ramillas rosadas de las branquias de enderezaban. En ese instante yo sentía como un dolor sordo; tal vez me veían, captaban mi esfuerzo por penetrar en lo impenetrable de sus vidas. No eran seres humanos, pero en ningún animal había encontrado una relación tan profunda conmigo. Los axolotl eran como testigos de algo, y a veces como horribles jueces. Me sentía innoble frente a ellos, había una pureza tan espantosa en esos ojos transparentes. Eran larvas, pero larva quiere decir máscara y también fantasma. Detrás de esas caras aztecas inexpresivas y sin embargo de una crueldad implacable, ¿qué imagen esperaba su hora?

Les temía. Creo que de no haber sentido la proximidad de otros visitantes y del guardián, no me hubiese atrevido a quedarme solo con ellos. «Usted se los come con los ojos», me decía riendo el guardián, que debía suponerme un poco desequilibrado. No se daba cuenta de que eran ellos los que me devoraban lentamente por los ojos en un canibalismo de oro. Lejos del acuario no hacía mas que pensar en ellos, era como si me influyeran a distancia. Llegué a ir todos los días, y de noche los imaginaba inmóviles en la oscuridad, adelantando lentamente una mano que de pronto encontraba la de otro. Acaso sus ojos veían en plena noche, y el día continuaba para ellos indefinidamente. Los ojos de los axolotl no tienen párpados.

Ahora sé que no hubo nada de extraño, que eso tenía que ocurrir. Cada mañana al inclinarme sobre el acuario el reconocimiento era mayor. Sufrían, cada fibra de mi cuerpo alcanzaba ese sufrimiento amordazado, esa tortura rígida en el fondo del agua. Espiaban algo, un remoto señorío aniquilado, un tiempo de libertad en que el mundo había sido de los axolotl. No era posible que una expresión tan terrible que alcanzaba a vencer la inexpresividad forzada de sus rostros de piedra, no portara un mensaje de dolor, la prueba de esa condena eterna, de ese infierno líquido que padecían. Inútilmente quería probarme que mi propia sensibilidad proyectaba en los axolotl una conciencia inexistente. Ellos y yo sabíamos. Por eso no hubo nada de extraño en lo que ocurrió. Mi cara estaba pegada al vidrio del acuario, mis ojos trataban una vez mas de penetrar el misterio de esos ojos de oro sin iris y sin pupila. Veía de muy cerca la cara de una axolotl inmóvil junto al vidrio. Sin transición, sin sorpresa, vi mi cara contra el vidrio, en vez del axolotl vi me cara contra el vidrio, la vi fuera del acuario, la vi del otro lado del vidrio. Entonces mi cara se apartó y yo comprendí.

Sólo una cosa era extraña: seguir pensando como antes, saber. Darme cuenta de eso fue en el primer momento como el horror del enterrado vivo que despierta a su destino. Afuera mi cara volvía a acercarse al vidrio, veía mi boca de labios apretados por el esfuerzo de comprender a los axolotl. Yo era un axolotl y sabía ahora instantáneamente que ninguna comprensión era posible. El estaba fuera del acuario su pensamiento era un pensamiento fuera del acuario. Conociéndolo siendo él mismo, yo era un axolotl y estaba en mi mundo. El horror venía -lo supe en el mismo momento- de creerme prisionero en un cuerpo de axolotl, transmigrado a él con mi pensamiento de hombre, enterrado vivo en un axolotl, condenado a moverme lúcidamente entre criaturas insensibles. Pero aquello cesó cuando una pata vino a rozarme la cara, cuando moviéndome apenas a un lado vi a un axolotl junto a mi que me miraba, y supe que también él sabía, sin comunicación posible pero tan claramente. O yo estaba también en él, o todos nosotros pensábamos como un hombre, incapaces de expresión, limitados al resplandor dorado de nuestros ojos que miraban la cara del hombre pegada al acuario.

El volvió muchas veces pero viene menos ahora. Pasa semanas sin asomarse. Ayer lo ví, me miró largo rato y se fue bruscamente. Me pareció que no se interesaba tanto por nosotros, que obedecía a una costumbre. Como lo único que hago es pensar, pude pensar mucho en él. Se me ocurre que al principio continuamos comunicados, que él se sentía mas que nunca unido al misterio que lo obsesionaba. Pero los puentes están cortados entre el y yo porque lo que era su obsesión es ahora un axolotl, ajeno a su vida de hombre. Creo que al principio yo era capaz de volver en cierto modo a él -ah, solo en cierto modo-, y mantener alerta su deseo de conocernos mejor. Ahora soy definitivamente un axolotl, y si pienso como un hombre es solo porque todo axolotl piensa como un hombre dentro de su imagen de piedra rosa. Me parece que de todo esto alcancé a comunicarle algo, en los primeros días cuando yo era todavía él. Y en esta soledad final, a la que él ya no vuelve, me consuela pensar que acaso va a escribir sobre nosotros, creyendo imaginar un cuento va a escribir todo esto sobre los axolotl.

viernes, 23 de abril de 2010

PACTO DE SANGRE


"A La Nona, que sin ningun pacto tiene historias increibles."

PACTO DE SANGRE

- MARIO BENEDETTI -

A esta altura ya nadie me nombra por mi nombre: Octavio. Todos me llaman abuelo. Incluida mi propia hija. Cuando uno tiene, como yo, ochenta y cuatro años, qué más puede pedir. No pido nada. Fui y sigo siendo orgulloso. Sin embargo, hace ya algunos años que me he acostumbrado a estar en la mecedora o en la cama.

No hablo. Los demás creen que no puedo hablar, incluso el médico lo cree. Pero yo puedo hablar. Hablo por la noche, monologo, naturalmente que en voz muy baja, para que no me oigan. Hablo nada más que para asegurarme de que puedo. Total, ¿para qué? Afortunadamente, puedo ir al baño por mí mismo, sin ayuda.

Esos siete pasos que me separan del lavabo o del inodoro, aún puedo darlos. Ducharme no. Eso no podría hacerlo sin ayuda, pero para mi higiene general viene una vez por semana (me gustaría que fuese más frecuente, pero al parecer sale muy caro) el enfermero y me baña en la cama. No lo hace mal. Lo dejo hacer, qué más remedio. Es más cómodo y además tiene una técnica excelente. Cuando al final me pasa una toalla húmeda y fría por los testículos, siento que eso me hace bien,

salvo en pleno invierno. Me hace bien, aunque, claro, ya nadie puede resucitar al muerto. A veces, cuando voy al baño, miro en el espejo mis vergüenzas y nunca mejor aplicado el término. Mis vergüenzas. Unas barbas de chivo, eso son. Pero confieso que la toalla fría del enfermero hace que me sienta mejor. Es lo más parecido al «baño vital» que me recomendó un naturista hace unos sesenta años. Era (él, no yo) un viejito, flaco y totalmente canoso, con una mirada pálida pero
sabihonda y una voz neutra y sin emb
argo afable. Me hizo sentar frente a él, me dio un vistazo que no duró más de un minuto, y de inmediato empezó a escribir a máquina, una vieja Remington que parecía un tranvía. Era mi ficha de nuevo paciente. A medida que escribía, iba diciendo el texto en voz alta, probablemente para comprobar si yo pretendía refutarlo. Era increíble. Todo lo que iba diciendo era rigurosamente cierto. Dos veces sarampión, una vez rubéola y otra escarlatina,
difteria, tifus, de niño hizo mucha gimnasia, menos mal porque si no hoy tendría problemas respiratorios; varices prematuras, hernia inguinal reabsorbida, buena dentadura, etcétera. Hasta ese día no me había dado cuenta de que era poseedor de tantas taras juntas. Pero gracias a aquel tipo y sus consejos, de a poco fui mejorando. Lo malo vino después, con años y más años. Años. No hay naturista ni matasanos que te los quite. Ahora que debo quedarme todo el tiempo quieto y callado (quieto, por obligación; callado, por vocación), mi diversión es recorrer mi vida, buscar y rebuscar algún detalle que creía olvidado y sin embargo estaba oculto en algún recoveco de la memoria. Con mis ojos casi siempre llorosos (no de llanto sino de vejez) veo y recorro las palmas de mis manos. Ya no conservan el recuerdo táctil de las mujeres que acaricié, pero en la mente sí las tengo, puedo recorrer sus cuerpos como quien pasa una película y detener la cámara a mi gusto para fijarme en un cuello (¿será el de Ana?) que siempre me conmovió, en unos pechos (¿serán los de Luisa?) que durante un año entero me hicieron creer en Dios, en una cintura (¿será la de Carmen?) que reclamaba mis brazos que entonces eran fuertes, en cierto pubis de musgo rubio al que yo llamaba mi vellocino de oro
(¿será el de Ema?) que aparecía tanto en mis ensueños (matorral d
e lujuria) como en mis pesadillas (suerte de Moloch que me tragaba para siempre). Es curioso, a menudo me acuerdo de partículas de cuerpo y no de los rostros o los nombres. Sin embargo, otras veces recuerdo un nombre y no tengo idea de a qué cuerpo
correspondía. ¿Dónde estarán esas mujeres? ¿Seguirán vivas? ¿Las llam
arán abuelas, sólo abuelas, y no habrá nadie que las llame por sus nombres? La vejez nos sumerge en una suerte de anonimato. En España dicen, o decían, los diarios: murió un anciano de sesenta años. Los cretinos. ¿Qué categoría reservan entonces para
nosotros, octogenarios pecadores? ¿Escombros? ¿Ruinas? ¿Esperpentos? Cuando yo tenía sesenta era cualquier cosa menos un anciano. En la playa jugaba a la paleta
con los amigos de mis hijos y les ganaba cómodamente. En la cama, si la interlocutora cumplía dignamente su parte en el diálogo corporal, yo cumplía cabalmente con la mía. En el trabajo no diré que era el primero pero sí que integraba el pelotón. Supe divertirme, eso sí, sin agraviar a Teresa. He ahí un nombre
que recuerdo junto a su cuerpo. Claro que es el de mi mujer. Estuvimos tantas veces
juntos, en el dolor pero sobre todo en el placer. Ella, mientras pudo, supo cómo hacerlo. Puede ser que se imaginara que yo tenía mis cosas por ahí, pero jamás me hizo una escena de celos, esas porquerías que corroen la convivencia.

Como contrapartida, cuidé siempre de no agraviarla, de no avergonzarla, de no dejarla en ridículo (primera obligación de un buen marido), porque eso sí es algo que no se perdona. La quise bien, claro que con un amor distinto. Era de alguna manera mi complemento, y también el colchón de mis broncas. Suficiente. Le hice tres varones y una hembra. Suficiente. El ataque de asma que se la llevó fue el prólogo de mi infarto. Sesenta y ocho tenía, y yo setenta. O sea que hace catorce
años. No son tantos. Ahí empezó mi marea baja. Y sigue. ¿Con quién voy a hablar? Me consta que para mi hija y para mi yerno soy un peso muerto. No diré que no me quieren, pero tal vez sea de la manera como se puede querer a un mueble de anticuario o a un reloj de cuco o (en estos tiempos) a un horno de misar. No digo que eso sea injusto. Sólo quiero que me dejen pensar. Viene mi hija por la mañana temprano y no me dice qué tal papá sino qué tal abuelo, como si no proviniera de mi prehistórico espermatozoide. Viene mi yerno al mediodía y dice qué tal abuelo. En él no es una errata sino una muestra de afecto, que aprecio
como corresponde, ya que él procede de otro espermatozoide, italiano tal vez puesto que se llama Aldo Cagnoli. Qué bien, me acordé del nombre completo. A una y a otro les respondo siempre con una sonrisa, un cabeceo conformista y una mirada, lacrimosa como de costumbre, pero inteligente. Esto me lo estoy diciendo a mí mismo, de modo que no es vanidad no presunción ni coquetería senil, algo que hoy se lleva mucho. Digo inteligente, sencillamente porque es así. También tengo la
impresión de que ellos agradecen al Señor de que yo no pueda hablar (eso se creen). Imagino que se imaginan: cuánta cháchara de viejo nos estamos ahorr
ando. Y sin embargo, bien que se lo pierden. Porque sé que podría narrarles cosas interesantes, recuerdos que son historia. Qué saben ellos de las dos guerras mundiales, de los primeros Ford a bigote, de los olímpicos de Colombes, de la muerte de Batlle y Ordóñez, de la despedida a Rodó cuando se fue a Italia, de los festejos cuando el Centenario. Como esto lo converso sólo conmigo, no tengo por qué respetar el orden cronológico, menos mal. Qué saben, ¿eh? Sólo una noticia, o una nota al pie de página, o una mención en la perorata de un político. Nada más. Pero el ambiente, la gente en las calles, la tristeza o el regocijo en los rostros, el sol o la lluvia sobre las multitudes, el techo de paraguas en la Plaza Cagancha cuando Uruguay le ganó tres a dos a Italia en las semifinales de Amsterdam y el relato del partido
no venía como ahora por satélite sino por telegramas (Carga uruguaya; Italia cede córner; los italianos presionan sobre la valla defendida por Mazali; Scarone tira desviado, etc.) Nada saben y se lo pierden. Cuando mi hija viene y me dice qué tal abuelo, yo debería decirle te acordás de cuando venías a llorar en mis rodillas
porque el hijo del vecino te había dicho che negrita y vos creías que era un insulto ya que te sabías blanca, y yo te explicaba que el hijo del vecino te decía eso porque tenías el pelo oscuro, pero que además, de haber sido negrita, eso no habría significado nada vergonzoso porque los negros, salvo en su piel, son iguales a nosotros y puede
n ser tan buenos o tan malos como los blanquísimos. Y vos dejabas de llorar en mis rodillas (los pantalones quedaban mojados, pero yo te decía no te preocupes, m'hijita, las lágrimas no manchan) y salías de nuevo a jugar con los otros niños y al hijo del vecino lo sumías en un desconcierto vitalicio cuando le decías, con todo el desprecio de tus siete años: che blanquito. Podría recordarte eso, pero para qué. Tal vez dirías, ay abuelo, con qué pavadas me venías ahora. a lo mejor no lo decías, pero no quiero arriesgarme a ese bochorno. No son pavadas, Teresita (te llamas como tu madre, se ve que la imaginación no nos sobraba), yo te enseñé algunas cosas y tu madre también. Pero por qué cuando hablás de ella decías, entonces vivía mamá, y a mí en cambio me preguntás qué tal, abuelo. A
lo mejor, si me hubiera muerto antes que ell
a, hoy dirías, cuando vivía papá. La cosa es que, para bien o para mal, papá vive, no habla pero piensa, no habla pero siente.

El único que con todo derecho me dice abuelo es, por supuesto, mi nieto., que se llama Octavio como yo (al parecer, tampoco a mi hija y a mi yerno les sobraba imaginación). Ahí está la clave. Cuando le digo Octavio. Le digo. Porque con mi nieto es con el único ser humano con el que hablo, además de conmigo mismo, claro. Esto empezó hace un año, cuan
do Octavio tenía siete. Una vez yo estaba con los ojos cerrados y, creyéndome solo, dije en voz no muy alta pero audible, carajo, me duele el riñón. Pero no estaba solo. Sin que yo lo advirtiera había entrado mi nieto. Pero abuelo, estás hablando, dijo con un asombro alegre que me
conmovió. Le pregunté si había alguien en la casa y como dijo que no, que no había nadie, le propuse un convenio. Por un lado él mantenía el secreto de que yo podía hablar, y por otro, y ole contaría cuentos que nadie sabía. Está bien, dijo, pero tenemos que sellarlo con sangre. Salió y volvió casi enseguida con una hoja de afeitar, un frasco de alcohol y u
n paquete de algodón. Se las arregla muy bien y además conoce esos trámites desde que le dieron toda una serie de inyecciones con
una vacuna contra la alergia. Con toda tranquilidad me hizo un tajito minúsculo y él se hizo otro, ambos en las muñecas, suficientes como para que salieran unas gotas de sangre, luego juntamos nuestras heridas mínimas y nos abrazamos. Octavio humedeció el algodón con un poco de alcohol, lo apoyó en ambas señales secretas hasta que no salió más sangre y salió corriendo a dejar todo su instrumental en el botiquín. Desde entonces, y siempre que quedamos solos en casa, algo que ocurre con frecuencia, él viene a que, en cumplimiento del pacto, le cuente cuentos desconocidos, inéditos. Cuando salen mi hija y mi yerno, le dicen a ver si cuidás al abuelo, y él responde q
ue sí, con un gestito de fastidio para disimular, pero enseguida me hace un guiño cómplice, y no bien se escucha el portazo que
garantiza nuestra intimidad, trae una silla, la coloca junto a mi mecedora o a mi cama y se queda a la espera de mis cuentos, que, como exigencia irrenunciable de nuestro pacto de sangre, deben ser totalmente nuevos. Y ahí viene mi problema, porque buena parte del día me la paso con los ojos cerrados, como si durmiera, pero en realidad pergeñando el próximo cuento y cuidando hasta los mínimos detalles, ya que si en un cuento anterior el zorro se había lastimado una pata en u
na
trampa y ahora anda corriendo en busca de gallinas, Octavio de inmediato me hace notar que aún no tuvo tiempo de curarse y entonces debo improvisar una fe de erratas oral y donde dije corre debe decir renquea. Y si el viejo brujo de la montaña se había quedado calvo por el esfuerzo de azotar diariamente a los gnomos del bosque y en un cuento posterior se peinaba mirándose en la laguna, Octavio enseguida observa, pero cómo, ¿no era calvo? Y ahí puedo salir un poco mejor del
atolladero, ya que el brujo, por el mero hecho de ser brujo, pu
ede, mediante un ensalmo, recuperar el pelo. Y el nieto pregunta si se da el caso que él quede pelado, también podrá recuperar el pelo. Vos no, lo desengaño, porque no sos ni serás brujo. Y él dice que lástima y tiene un poco de razón, porque si yo hubiera sido brujo también me habría hecho crecer el pelo que perdí sin remedio antes de los cincuenta. No soy yo el único que narra, también él me cuenta lo que ocurre en el
colegio, en la calle, en la televisión, en el estadio. Es hincha de Danubio y se asombra de que yo sea de Wanderers. Trato de hacer proselitismo, pero evidentemente no hay nadie capaz de convertirlo en tránsfuga. Entonces le cuento viejos partidos o jugadas célebres, como cuando Piendibeni le hizo el célebre gol al divino
Zamora, o cuando el manco Castro usaba con alevosía su muñón en el área penal, o cuando el flaco García mantuvo invicta su valla (claro que los backs eran nada menos que Nazassi y Domingos da Guía) durante una rueda y media, o cuando Ghiggia hizo el gol de la victoria en Maracaná, o cuando o cuando o cuando, y él me escucha com
o a un oráculo y yo pienso qué suerte todavía puedo hablar para crear este asombro suyo y este placer mío. La verdad es que no recuerdo cómo eran
mis hijos cuando tenían la edad que hoy tiene Octavio. El mayor murió. ¿Cuánto hace que murió Simón? Fue después de lo de Teresa. Al fin y al cabo ¿qué importa la fecha? Murió y se acabó. No tuvo hijos, creo, ¿o los habré olvidado? Nunca estoy seguro de mis lagunas, que a veces son océanos. El segundo, Braulio, sí los tuvo, pero todos están en Denver, ¿qué habrá ido a hacer allí? La verdad es que no recuerdo. A veces manda fotos, tomadas con su encantadora Polaroid, o alguna postal, con un abrazo para el Viejo. Soy yo. Él no me dice abuelo, me dice Viejo. Me cago en la diferencia. Reco
nozco que una vez me mandó una radio a transistores. Todavía la tengo y a veces la oigo. Pero a menudo se queda sin pilas y tendría que pedirlas. Pero no pido nada. Nunca pido nada. Reconozco que soy un orgulloso de mierda, pero a esta altura no voy a reeducarme, ¿no es cierto? Total, el que me jodo soy yo, porque si la radio tuviera simples pilas, podría
escuchar alguno que otro partido, no muchos porque los locutores en general me cansan con su entusiasmo fingido y sus fallas de sintaxis. También podría escuchar el Sodre cuando pasan música clásica, que es la única que digiero. La alegría que tuve aquella tarde en que pude escuchar el Septimino. Lo tenía en disco, hace
tiempo, vaya a saber dónde está. Quizá lo de las pilas podría solucionarse, sin mengua de mi podrido orgullo, diciéndoselo a mi nieto, para que éste, en cumplim
iento de nuestro pacto de sangre y guardando siempre nuestro secreto, le dijera a mi hija, mirá la radio del abuelo, está sin pilas, y entonces lo mandaran a la ferretería de la esquina para que me las trajera. Con eso alcanza. Yo las sé colocar, aunque a veces las pongo al revés y la radio no funciona. En alguna ocasión me ha llevado un buen cuarto de hora hallar la posición adecuada para las cuatro de 1,5 voltios, pero igual me sirve para entretenerme un poco. ¿Qué más puedo hacer? Leer, ya no puedo. Televisión, tampoco. Pero escuchar la radio o cambiarle las pilas, sí. Mi tercer hijo se llama Diego y está en Europa, enseña en Zurich,
me parece, sabe alemán y todo. Tiene dos hijas que también saben alemán, pero en cambio no saben español. Qué cagada, ¿verdad? Diego es menos escribidor que Braulio, y eso que su especialidad es la literatura, pero, naturalmente, la literatura Suiza. Para las navidades manda también su tarjeta, en la que las niñas ponen
sus saludos pero en alemán. Yo no sé alemán, apenas un poco de inglés para defenderme en correspondencia comercial, de la que yo mismo me encargaba cuando era gerente de La Mercantil del Sur, Importaciones y Exportaciones. Digamos, frasecitas como "I acknowledge receipt of your kind letter", o "Very truly yours", lo suficiente para que los de allá puedan contestar "Dear sirs", o "Gentlemen". También ese hijo menor a veces me manda algún regalito, verbigracia un llavero suizo de 18 quilates. En esa ocasión sonreí, como dic
iendo qué lindo, pero en realidad pensando qué boludo, para qué quiero yo un llavero de oro 18, si estoy aquí semi-postrado.

De modo que mis contactos con el mundo se reducen a mi hija, cuando entra y me dice qué tal abuelo, a mi yerno cuando ídem, de vez en cuando al médico, al enfermero cuando viene a lavar mis pelotas ya jubiladas, y también el resto de este cuerpo del delito. Bueno, y sobre todo, está mi nieto, que creo es lo único que me mantiene vivo. Es decir, me mantenía. Porque ayer por la mañana vino y me besó y me dijo abuelo, me voy por quince días a Denver con el tío Braulio, ya que saqué buenas notas y me gané estas vacaciones. Yo no po

día hablas (y no sé si hubiera podido, porque tenía un nudo en la garganta) ya que también estaban en la habitación mi hija y mi yerno y ni yo ni mi nieto íbamos a violar nuestro pacto de sangre. Así que le devolví el beso, le apreté la mano, puse un instante mi muñeca junto a la suya como testimonio de lo que ambos sabíamos, y sé que él entendió perfectamente cuánto lo iba a extrañar ya que no iba a tener a quien contarle cuentos inéditos. Y se fueron. Pero tres o cuatro horas más tarde volvió a entrar Aldo, y me dijo mire, abuelo, que Octavio no se fue por quince días sino por un año y tal vez más, queremos que se eduque en los Estados Unidos, así aprende desde niño el idioma y tendrá una formación que va a servirle de mucho. Él no se lo dijo

porque tampoco lo sabía. No queríamos que empezara a llorar, porque él lo quiere mucho, abuelo, siempre me lo dice, y yo sé que usted también lo quiere, ¿no es así? Se lo vamos a decir por carta, aunque mi cuñado lo va a ir preparando. Ah, y otra cosa. Cuando ya se había despedido de nosotros, volvió atrás y me dijo, dale un beso al abuelo y que sepa que estoy cumplie

ndo nuestro pacto. Y salió corriendo. ¿Qué pacto es ese, abuelo? Cerré los ojos por pudor, aunque como siempre lagrimeo, nadie sabe nunca cuándo son lágrimas de veras, e hice un gesto con la mano como diciendo: cosas de niños. Él se quedó tranquilo y me abandonó, me dejó a solas con mi abandono, porque ahora sí que no tengo a nadie, y tampoco a nadie con quien hablar. Me tomó de sorpresa todo esto. Pero quizá sea lo mejor. Porque ahora sí tengo ganas de morir. Como corresponde a un despojo de ochenta y cuatro años. A mi edad no es bueno tener ganas de vivir,
porque la muerte viene de todos
modos y a uno lo toma de sorpresa. A mí no.

Ahora tengo ganas de irme, llevándome todo ese mundo que tengo en mi cabeza y los diez o doce cuentos que ya tenía preparados para Octavio, mi nieto. No voy a suicidarme (¿con qué?), pero no hay nada más seguro que querer morir. Eso siempre lo supe. Uno muere cuando realmente quiere morir. Será mañana o pasado. No mucho más. Nadie lo sabrá. Ni el médico (¿acaso se dio cuenta alguna vez de que yo podía hablar?) ni el enfermero ni Teresita ni Aldo. Sólo se darán cuenta cuando falten cinco minutos. A lo mejor Teresita dice entonces papá, pero ya será tarde. Y yo en cambio no diré chau, apenas adiosito con la última mirada. No diré ni chau, para que alguna vez se entere Octavio, mi nieto, de que ni siquiera en ese instante peliagudo violé nuestro pacto de sangre. Y me iré con mis cuentos a otra parte. O a ninguna.

domingo, 18 de abril de 2010

TERAPIA INTENSIVA

Ante la constante aparicion de hechos adversos, la tragica fatalidad de que las tostadas caen siempre del lado del dulce nos hace pensar... ¿ seria mejor resignarse a comer tostadas secas y sosas o nos arrojamos a la peligrosa aventura que implica activar el paladar con el deleite que provoca un dulce de frambuezas o de arandanos o un suave dulce de leche?


TERAPIA INTENSIVA

- Eduardo Galeano -

Lo encontraron en su casa de Buenos Aires, caído en el suelo, desmayado, respirando apenitas. Mario Benedetti había sufrido el más feroz ataque de asma de toda su vida.

En el Hospital Alemán, el oxígeno y las inyecciones lo devolvieron, poquito a poco, al mundo, o a algún otro planeta más o menos parecido. Cuando alzaba los párpados, veía muñequitos que bailaban, tomados de la mano, en la remota pared, y entonces volvía a sumergirse en un silencio asueñado y ausente. Estaba molido. Había sido aporreado por Joe Louis, Rocky Marciano y Cassius Clay, todos a la vez, aunque él nunca les había hecho nada.

Escuchó voces. Las voces iban y venían, se acercaban, se alejaban, y en alemán decían algo así como mal, mal, lo veo muy mal; un caso difícil, difícil; quién sabe si pasa de esta noche. Mario abrió un ojo y no vio muñequitos. Vio unas túnicas blancas, al pie de su cama. Con voz de bandera arriada, preguntó:

—¿Tan grave estoy?

Lo preguntó en perfecto alemán. Y uno de los médicos se indignó:

—¿Y usted por qué habla alemán, si se llama Benedetti?

El ataque de risa lo curó del ataque de asma y le salvó la vida.



martes, 13 de abril de 2010

EXPLICACIONES PARA VIVIR

Hoy algunas instrucciones basicas para transitar por esta vida de manera exitosa y noble...

jueves, 25 de marzo de 2010

HISTORIAS DE AMOR

Entrando al otoño y pisando el mes de abril, nada mas infalible que algunas lineas para potenciar la nostalgia propia de estas epocas.

Defendamos dignamente todas las epopeyas que vivimos y que nos quedan por vivir de la mano de señoritas de la mala vida, y no nos achiquemos ante la presencia de unos grandes ojos, oscuros y brillantes que nos den vuelta el alma.

- HB -

HISTORIAS DE AMOR
-ALEJANDRO DOLINA-

El universo es una perversa inmensidad hecha de ausencia. Uno no esta en casi ninguna parte. Sin embargo, en medio de las infinitas desolaciones hay una buena noticia: el amor. Los Hombres Sensibles de Flores tomaban ese rumbo cuando querian explicar el cosmos. Y hasta los Refutadores de Leyendas tuvieron que admitir casi sin reservas, que el amor existe. Eso si, nadie debe confundir el amor con la dicha. Al contrario: a veces se piensa que amor y pena son una misma cosa. Especialmente en el barrio del Angel Gris, que es tambien el barrio del desencuentro. Las historias amorosas de los tiempos dorados son casi siempre tristes. Esto no basta para afirmar que todos los romances fueron desdichados: sucede -tal vez- que el arte necesita nostalgia. No se puede ser artista si no se ha perdido algo. Los poemas de amor satisfecho aparecen como una compadrada de mercaderes afortunados. Por eso los poetas de Flores buscaban el desengaño, porque pensaban que cerca de el andaba el verso perfecto. Casi todos quedaban en la mitad del camino.

Manuel Mandeb veia las cosas de un modo mas complicado. Admitia que la pena de amor conducia al arte. Pero tambien sostenia que el proposito final del arte es el amor. La recompensa del artista es ser amado. Asi pareceia opinar Ives Castagnino, el musico de Palermo, quien componia valses melancolicos al solo efecto de seducir señoritas. Cuando no lo lograba, su tristeza le dictaba otras canciones que mas tarde le servian para deslumbrar señoritas nuevas y asi recomenzaba el circulo. Algunos muchachos sin vocacion artistica trataban de merecer a las damas cultivando las ciencias, la bondad, el coraje, la riqueza o la extorsion. Los autores de aforismos extrajeron de estas realidades una conclusion modesta: si no fuera por el amor, nadie haria gran cosa. Las muchachas beligerantes podian objetar que estos pensamientos parecen reservados a la conducta masculina.

Al respecto, Mandeb creia que las mujeres hacian de ellas mismas un hecho artistico. El poligrafo de Flores, en un rapto de arbitrariedad, llego a establecer un orden de cualidades, segun su eficacia para enamorar. Coloco en primer lugar la belleza y luego la juventud, aclarando que estas dos virtudes son tal vez una sola. Despues ubico las condiciones espirituales: inteligencia y bondad. En ultimo termino, el poder y el dinero. Muchedumbres de feos de cierta edad polemizaron con Mandeb reclamando el derecho a ser amados por su limpieza, trayectoria comercial o apellido ilustre. De todos modos, para este oscuro pensador, el amor era una flor exotica cuyo hallazgo ocurria muy pocas veces.

- De cada mil personas que pasen por esa puerta -decia- acaso nos conmueva solamente una. Del mismo modo, quiza solo una entre las mil tenga a bien impresionarse con nosotros.

La cuenta es sencilla: sin contar percepciones engañosas y desilusiones posteriores, la posibilidad de un amor correspondido es de una en un millon. No esta tan mal, despues de todo. Pero dejemos la pura especulacion de los espiritus obtusos de Flores. Mucho mas interesante es saber como amaron realmente. Para ellos habremos de transcribir algunas historias que presumen de veraces y que han llegado hasta nosotros por avenidas literarias o por oscuros atajos confidenciales.

HISTORIA DEL QUE ESPERO SIETE AñOS

Jorge Allen, el poeta, amaba a una joven pechugona de los barrios
hostiles.
Segun supo despues, alcanzo a ser feliz. Una noche de junio, la chica
resolvio abandonarlo.
- No te quiero mas - le dijo.
Allen cometio entonces los peores pecados de su vida; suplico, se
humillo, escribio versos horrorosos y lloro en los rincones.
La pechugona se mantuvo firme y rubrico la maniobra entreverandose con
un deportista reluciente.
El poeta recobro la dignidad y empleo su tiempo en amar sin esperanzas
y en recordar el pasado. Su alma se retemplo en el sufrimiento y se
hizo cada vez mas sabio y bondadoso. Muchas veces soño con el regreso de
la muchacha, aunque tuvo el buen tino de no esperar que tal sueño se
cumpliera.
Mas tarde supo que jamas habria en su vida algo mejor que aquel amor
imposible.
Sin embargo, una noche de verano, siete años y siete meses despues
de su pronunciamiento, la pechugona aparecio de nuevo.
Las lagrimas le corrian por el escote cuando le confeso al poeta:
- Otra vez te quiero.
Allen nunca pudo contar con claridad lo que sintio en aquellas horas.
El caso es que volvio a su casa vacio y desengañado. Quiso llorar y no
pudo. Nunca mas volvio a ver a la pechugona. Y lo que es peor, nunca mas,
nunca mas volvio a pensar en ella ni a soñar su regreso.


HISTORIA DEL QEU SE ENAMORO DE UNA NIñA DEMASIADO JOVEN

Manuel Mandeb supo tener amores con una niña muy joven de la calle
Paez. La muchacha no hizo cuestion por la diferencua de edades y
ademas es cierto que Mandeb era un hombre de aspecto soberbio, dentro de
su sombrio estilo.
Pero pronto empezaron las dificultades.
Un dia Mandeb insistio en caminar bajo un aguacero mientras recitaba
a los gritos un soneto flamante.
Una noche le hizo el amor en la casa embrujada de la calle Campana
para espantar a los demonios.
A veces, en la madrugada, se trepaba hasta la ventana de la niña, en
el tercer piso, y dejaba prendida una flor roja.
Una tarde de invierno le hizo probar el licor del olvido y el vino
del recuerdo.
En verano, le sacaba la blusa en las calles oscuras y le ponia alguna
de sus gastadas camisas azules.
Para su cumpleaños le regalo una sombra robada en Villa del Parque
que habia encerrado en una cajita de cristal.
Despues enseño a todos los pajaros de Flores a cantar el nombre de la
muchacha en su ventana.
Entonces la niña abandono a Mandeb y comento luego a sus amistades
en una pizzeria:
-No eramos de la misma generacion.

HISTORIA DEL QUE SE DESGRACIO EN EL TREN.

Jaime Gorriti tomaba todos los dias el tren de las 14.35.
Y todos los dias se fijaba en una estudiante morocha. Con prudente
astucia trataba de ubicarse cerca de ella y -a veces- ligaba una mirada
prometedora.
Una tarde empezo a saludarla. Y algunos dias despues tuvo ocasion de
hacerse ver, ayudandola a recoger unos libros desbarrancados.
Por fin, un asiento desocupado les permitio sentarse juntos y conversar.
Gorriti acelero y le hizo conocer sus destrezas de picaflor aficionado.
No andaba mal. La morocha conocia el juego y colaboraba con retruques
adecuados.
Sin embargo, los demonios decidieron intervenir.
Saliendo de Haedo, la chica trato de abrir la ventanilla y no pudo. Con
gesto mundano, Gorriti copo la banca.
- Por favor....
Se prendio de las manijas, tiro hacia arriba con toda su fuerza y se
desgracio con un estruendo irreparable.
Sin decir palabra, se fue pasillo adelante y se largo del tren en Moron.
Desde ese dia empezo a tomar el tren de las 14.10.


HISTORIA DEL QUE PADECIA LOS DOS MALES.

En la calle Caracas vivia un hombre que amaba a una rubia.
Pero ella lo despreciaba enteramente.
Unas cuadras mas abajo dos morochas se morian por el hombre y se
le ofrecian ante su puerta. El las rechazaba honestamente.
El amor depara dos maximas adversidades de opuesto signo: amar a
quien no nos ama y se amados por quien no podemos amar.
El hombre de la calle Caracas padecio ambas desgracias al mismo tiempo
y murio una mañana ante el llanto de las morochas y la indiferencia
de la rubia.


HISTORIA DEL QUE NO PODIA OLVIDAR.

El ruso Salzman tuvo muchas novias. Y a decir verdad solia dejarlas al
poco tiempo. Sin embargo jamas se olvidaba de ellas.
Todas las noches sus antiguos amores se le presentaban por turno en
forma de pesadilla. Y Salzman lloraba por la ausencia de ellas.
La primera novia, la verdulera de Burzaco, la pelirroja de Villa Luro,
la inglesa de La Lucila, la arquitecta de Palermo, la modista de Ciudadela.
Y tambien las novias que nunca tuvo: la que no lo quiso, la que vio una sola
vez en el puerto, la que le vendio un par de zapatos, la que desaparecio en
un zaguan antes de cruzarse con el.
Despues Salzman lloraba por las novias futuras que aun no habian
llegado. Los hombres sabios no se burlaban del ruso pues comprendian
que estaba poseido del mas sagrado berretin cosmico: el hombre queria
vivir todas las vidas y estaba condenado a transitar solamente por una.
Aprendan a soñar los que se contentan con sacar la loteria......


LA CALLE DE LAS NOVIAS PERDIDAS.

Hay una calle en Flores en la que viven todas las novias abandonadas.
Al atardecer salen a la vereda y miran ansiosas hacia las esquinas para ver
si vuelven los novios que se fueron. A veces conversan entre ellas y
rememoran viejos paseos por el Rosedal.
Por las noches se encierran a releer cartas viejas que guardan en
cajitas primorosas o admirar fotografias grises.
Los domingos se ponen vestidos floreados y se pintan los labios.
Algunas escriben diarios intimos con letra prolija.
Dicen que no es posible encontrar esa calle. Pero se sabe que algun
dia desembocara en la esquina el batallon de los novios vencedores de la
muerte para rescatar a las novias perdidas y llevarlas de paseo al Rosedal.
Esto sera dentro de mucho tiempo, cuando endulce sus cuerdas el pajaro
cantor.

Existen por ahi infinidad de personas confiables que juran que el amor
es posible en todos los barrios. No habra de discutirse semejante tesis.
Pero el que tuviera que vivir pasiones locas, es mejor que no pierda el
tiempo en rumbos equivocados. Una historia terrible esta esperando
en Flores.

martes, 23 de marzo de 2010

"CIEN HORAS DE TEATRO INDEPENDIENTE"


"CIEN HORAS DE TEATRO INDEPENDIENTE" dosmildiez

Esta es una nueva arista que decidi incorporar en este espacio ante el comentario de que la ciudad de Córdoba carece de espectaculos y eventos culturales interesantes y de calidad.
Para que lo poco o mucho, lo bueno y lo malo que haya este a la vista y al alcance de todos y que la desinformacion y la indiferencia no sean excusas para tildar de aburrida a esta ciudad tan rica culturalmente.
Esta vez la propuesta son las "CIEN HORAS DE TEATRO INDEPENDIENTE" que es un evento mas que recomendable y sus organizadores ya cuentan con varios años de experiencia al igual que los grupos de teatro que participan.
Mas abajo les dejo la programacion completa para que sea mas claro y de paso les recomiendo que despues de las obras pasen a comer y tomar algo a MACANUDO no bar (Baigorri 512-Alta Cba).


SABADO 27 DE MARZO:


- EL CLUB DE LOS RECORDADORES ANONIMOS... /Grupo Tres Tigres Teatro
Hay mucha gente que piensa que mejor es olvidar...
(19:30 hs. - Cineclub Municipal Hugo del Carril)

- MUJERES LADRANDO A LA LUNA
(20:30 hs. - Quinto Deva)

- QUE RUIDO TAN TRISTE ES EL QUE HACEN DOS CUERPOS CUANDO SE AMAN /Grupo Quinto Deva
(23 hs - Quinto Deva)

- GRITO PARA QUE OIGAS EL SILENCIO / Grupo Los de la Vuelta.
(23 hs. - Casa Grote)

- ANOCHE MARIPOZA (danza-teatro) /Grupo Danza Viva.
(23 hs. - Cineclub Municipal Hugo del Carril)


DOMINGO 28 DE MARZO:

- LOS GÜERFANOS / Grupo Documenta/Escénicas
(20:30 hs. - Cineclub Municipal Hugo del Carril)

- KING KONG PALACE / Grupo Sr. Barbijo Presenta
(23 hs - Cineclub Municipal Hugo del Carril)


LUNES 29 DE MARZO:

- LE SAVATE (teatro de objetos) / Grupo El+Ellas Teatro
(20:30 hs. - Casa Grote)

- LOS VIENTOS DE GITANA / Grupo Ex-Elenco de Titeres de la UNC.
(20:30 hs. - Cineclub Municipal Hugo del Carril)

- CHINGOIL COMPANY / Grupo Quirimbao.
(23 hs - Cineclub Municipal Hugo del Carril)


Salas:
- Cineclub Municipal Hugo del Carril:
Bv. San Juan 49, Centro.
- Quinto Deva:
Pje. Agustin Perez 10, Zona ex Mercado de Abasto.
- Casa Grote:
Padre Luis Grote 1080, Bº General Bustos.